martes, 1 de febrero de 2011

¿Cómo aplicar el Modelo de la Retórica en la producción de la Columna de opinión?

Periodista Bernardo Gómez Calderón

De la intellectio a la elocutio: 
un modelo de análisis retórico para la columna personal


Dr. Bernardo Gómez Calderón ©
Profesor de Periodismo de 
la Universidad de Málaga



Introducción

Con toda probabilidad, ningún género periodístico atraviesa hoy en día un momento más feliz desde el punto de vista cuantitativo que la columna de opinión. Servida en abundancia por los medios impresos; rica y variada en cuanto a contenidos, enfoques y estilos; y vehículo de toda la gama de planteamientos sociales, políticos y culturales que conforman la opinión pública (o al menos, de aquéllos que el establishment puede aceptar), la columna se ha convertido en una pieza insustituible del actual mosaico periodístico, que queda cojo y pierde atractivo para los lectores sin la aportación personal de sus firmas. Se trata de un elemento identificativo y uniformador del discurso de la prensa, ya que encuentra acomodo en cualquier medio impreso (diarios, suplementos dominicales, revistas...), y desde hace algunos años incluso en los medios audiovisuales.

La columna fascina por su diagnóstico urgente de la realidad, servido al calor de los acontecimientos en apenas 60 líneas; por su valor literario y expresivo, indudable en algunos casos, menos obvio en otras, pero siempre presente siquiera como aspiración; por el influjo que ejerce –o puede ejercer– sobre la audiencia, merced a su cualidad persuasiva; por el interés intrínseco de los juicios que transmite, expresados sin ambigüedad aunque pequen de leves o arbitrarios; en definitiva, por la personalidad de los propios columnistas, que a fuerza de trabajo diario se transforman en interlocutores familiares para sus lectores. Con la columna se accede a una forma distinta de interpretar el presente, más creativa, más cercana y menos urgente que la que procuran otros medios de comunicación.

Existen, de acuerdo con la taxonomía clásica, dos modelos de columna[i][1]: la de análisis, propia del periodismo interpretativo, y la de opinión, netamente subjetiva; dentro de ésta queda enmarcada, como género algo marginal, la columna literaria o personal, cultivada de ordinario por periodistas de prestigio o “escritores en prensa”. De esta última vamos a ocuparnos aquí.

Vaya por delante que buena parte de los estudiosos ponen en duda el estatuto periodístico del género: por lo general, la columna literaria queda englobada en el ámbito del feature, y se la supone un mero entretenimiento, inserto en los diarios por razones extraperiodísticas. Para Martínez Albertos, sus manifestaciones representan, sin más, “unos guetos privilegiados del periodismo impreso delimitados por los siguientes rasgos: 1) espacios de tema absolutamente libre, como cheques en blanco, 2) para escritores famosos, 3) con la única condición de que firmen sus trabajos”[ii][2]. De modo similar definen la columna personal Morán Torres, Martín Vivaldi, Concha Fagoaga y Luisa Santamaría (en sus primeros trabajos[iii][3]), negando la matriz periodística del género, cuando no menospreciándolo abiertamente.

Ello ha repercutido de manera negativa, como es natural, en los intentos de análisis que desde la Periodística se han emprendido hasta el momento sobre la columna personal (muy escasos, por otra parte), aunque, justo es decirlo, su acusada heterodoxia textual no contribuye a facilitar la tarea del estudioso. Los abundantes procedimientos literarios presentes en su codificación, ajenos al estilo estrictamente periodístico; la desconexión de la actualidad más inmediata que ocasionalmente presenta, así como la exacerbada manifestación del “yo” del autor que suele encontrarse en ella, han hecho de la columna personal un producto de difícil catalogación.

Sin embargo, es posible abordar el columnismo literario desde la perspectiva de la Nueva Retórica, conceptuada como Teoría de la Argumentación por Chaïm Perelman y Loucie Olbretchs-Tyteca[iv][4], y hacer de esta modalidad opinativa un género netamente periodístico. La propia orientación de los estudios más recientes sobre la opinión en prensa avala este enfoque, puesto que, desde hace aproximadamente dos décadas, proliferan los autores que llaman la atención sobre el carácter retórico de la comunicación periodística. Así, Francisco Ayala apuntaba ya en 1985:

Será más que probable que la retórica del periodismo [...] siga las líneas de la antigua e ilustre retórica oratoria [...] Si un artículo periodístico puede equivaler con sus efectos a un discurso devastador ante la cámara, seguramente los artificios empleados por su autor no serán demasiado distintos de los que hacen eficaces las palabras del orador[v][5].

Desde parámetros distintos, el profesor Martínez Albertos identifica en el periodismo de opinión al legítimo heredero de la retórica clásica, en su ‘Curso general de Redacción Periodística’[vi][6]; y Josep M.ª Casasús considera que “no está exento de razones estimables el criterio de aquellos que han observado la presencia de perfectas analogías [...] entre algunos aspectos de las preceptivas retóricas [...] y determinadas reglas que conforman muchas de las normas del periodismo contemporáneo”[vii][7]. El mismo autor señala con convicción que “la Retórica, a pesar de las reticencias que existen para admitirlo, está absolutamente viva en los procesos que alimentan la comunicación social contemporánea”[viii][8].

Aunque desde principios de los años 90 existe ya un corpus teórico en torno al carácter retórico-argumentativo de los textos englobados en el estilo de solicitación de opinión, del que merecen destacarse las aportaciones de González Reyna y J. F. Sánchez[ix][9], no abundan, empero, las propuestas analíticas en este terreno: cabe citar sólo la monografía de Santamaría y Casals en torno a la argumentación periodística; el trabajo de Morales Castillo sobre el humor en el articulismo; dos estudios de casos algo más extensos, el de López Pan sobre Pilar Urbano, y el de León Gross sobre Manuel Alcántara; y algunos ensayos publicados en revistas y obras colectivas[x][10]. Con sana diversidad de enfoques, todos estos trabajos aplican los postulados de la Nueva Retórica al análisis de los artículos de opinión, aunque rara vez lo hacen de modo omnicomprensivo o sistemático: en unos casos, el repertorio de procedimientos analizados es reducido (López Pan, por ejemplo, centra su atención únicamente en el ethos), mientras que en otros, algunas parcelas de la retórica quedan completamente oscurecidas. El resultado es, a nuestro entender, un bosquejo valioso pero parcial de los mecanismos argumentativos que se encuentran en la base de la columna literaria, insuficiente para explicar a fondo el proceso de codificación al que ésta se encuentra sometida.

Nuestra propuesta afronta el análisis retórico desde una perspectiva distinta, teniendo en cuenta todas y cada una de las etapas que la Rethorica recepta establece para la elaboración del discurso (intellectio, inventio, dispositio y elocutio[xi][11]), y deteniéndose en los diversos procedimientos que cada una de ellas admite[xii][12]. Con ello se pretende ofrecer un modelo de análisis retórico global, que permita sistematizar las características textuales de la columna personal más allá de las propiedades deícticas que suelen ser identificadas como únicas cualidades ineludibles del género (título estable, ubicación y periodicidad fijas, relevancia tipográfica y prestigio de la firma).

No obviamos, claro está, las limitaciones que la Nueva Retórica encierra de cara al análisis textual, marcadas sobre todo por la heterogeneidad de las propuestas de la doctrina clásica, y por su relativa inoperancia para el tratamiento de ciertos fenómenos que, en la actualidad, han pasado al primer plano del análisis del discurso, caso de las actividades de lectura y recepción[xiii][13]. Pero en lo que al estudio de las propiedades de los textos de opinión se refiere, consideramos pertinente nuestro enfoque.


Modelo de análisis retórico

Una vez consignados los datos hemerográficos de un texto dado (autor, medio, fecha de aparición y página –en el caso de publicaciones impresas– o dirección URL –en el caso de publicaciones electrónicas–), se trataría de abordar sucesivamente los siguientes campos:

1. Intellectio

La intellectio se refiere al tema o asunto sobre el que versa un texto, en este caso periodístico. Aunque el tema de la columna literaria es absolutamente libre, lo más habitual es que se ciña a la actualidad política, social o cultural (aunque los motivos económicos, costumbristas o estrictamente personales no le son ajenos). Con frecuencia, el tema de la columna condiciona la elección de argumentos y recursos elocutivos con los que apuntalará sus tesis el autor. En este sentido, nos parece particularmente acertado el comentario de Chico Rico, para quien “la intellectio posibilita la mejor descripción y explicación de cuestiones relacionadas con la producción textual, como el proceso de elección de un determinado modelo del mundo y las estrategias operativas de la inventio, la dispositio y la elocutio”[xiv][14].

2. Inventio

La inventio engloba los argumentos a los que se recurre en un texto para persuadir a la audiencia de lo acertado de los planteamientos del emisor. Constituye una suerte de superestructura lógica, un entramado de razones que deben quedar habilidosamente expuestas para propiciar la aceptación de la tesis central del artículo por parte del auditorio.

El abanico de argumentos inventivos es amplio, y la mayor parte de ellos encuentran acomodo en la columna personal. Figuran, en primer lugar, las pruebas definidas por Aristóteles como “propias del arte”, concretamente las que se apoyan en la competencia o la fiabilidad del orador (ethos), las que se encuentran en el propio discurso (logos, de las que forman parte los entimemas, silogismos cuyas premisas son verosímiles –aceptadas por el auditorio–, pero no verdaderas, por oposición a los silogismos lógicos, que parten de premisas necesarias), y las que tratan de mover las pasiones del auditorio (pathos); y en segundo lugar, las falacias o refutaciones aparentes, argumentos que se presentan como válidos pese a ser inadmisibles desde el punto de vista de la lógica. Las falacias constituyen un nutrido grupo de argumentos recogidos ya por Aristóteles en sus Refutaciones sofísticas bajo el membrete de “argumentos erísticos”. Se dividen en dos grandes subgrupos: falacias de ambigüedad y falacias materiales o de inferencia. En el primero se incluyen la tautología, el equívoco, el eufemismo, la anfibología y la dicotomía. En cuanto a las falacias de inferencia, pueden darse por datos insuficientes, en cuyo caso se subdividen en inductivas (la más común es la falacia por generalización, basada en el paso de la anécdota a la categoría) y deductivas (siendo la más destacada la falacia por falsa causalidad); o por ignorancia del argumento, recibiendo en este caso la denominación de “falacias de pertinencia”[xv][15].

De estas últimas forman parte la argumentación por el ridículo (que se sirve, usualmente, de figuras como la ironía o la hipérbole), el argumento de petición de principio o petitio principii (razonamiento en el que se introducen proposiciones no verificadas o inverificables como si fueran verdaderas para llegar a conclusiones aparentemente lógicas y razonadas), la argumentación ad hominem (basada en la descalificación del oponente), la argumentación por analogía, la argumentación por tropos (habitualmente, se trata de metáforas o sinécdoques), el argumento de autoridad y la argumentación por comparación. Todas ellas se detectan frecuentemente en los artículos de opinión.

3. Dispositio

La dispositio hace referencia al modo en que los argumentos anteriormente descritos se ordenan a lo largo de un texto persuasivo. Aquí es preciso tener en cuenta la distribución paragráfica del mismo, así como la “macroestructura argumentativa”[xvi][16] adoptada, de entre tres posibles: deductiva, inductiva o circular. La estructura deductiva es aquella que hace arrancar el texto de una premisa ideológica general, abstracta, que se aplica a razonamientos de los que emana un juicio concreto relativo a casos particulares; en sentido amplio, podemos adscribir a este grupo los textos que presentan al comienzo la tesis postulada por el autor. Por el contrario, la estructura inductiva parte de un suceso aislado con objeto de alcanzar juicios de validez universal. Su arranque puede constituirlo una anécdota, un ejemplo o analogía, un pensamiento o idea, elementos que no están en la base del razonamiento posterior, sino que son referidos a modo de ilustración o preludio del aserto conclusivo al que se pretende llegar (la tesis sostenida por el autor)[xvii][17].

En cuanto a la estructura circular, a la que también recurren los cultivadores de la columna personal, se construye a partir de un dato menor, ya sea anécdota, intertexto o estribillo, que se reitera al principio y al final del texto y sirve de marco a la tesis del autor. Su utilización confiere a la columna una apariencia de artilugio perfecto, de producto completo en sí mismo, muy sugerente desde el punto de vista argumentativo. Supone, en cierta medida, la acumulación de los procedimientos inductivo y deductivo, puesto que permite pasar de lo particular a lo general y de nuevo a lo particular en una sola pieza.
           
4. Elocutio

La elocutio es probablemente la parcela retórica más rica de cuantas abarca la columna literaria, por cuanto en ella el ingenio, la creatividad léxica y la “voluntad de estilo” se encuentran muy acentuados. En este apartado, conviene detenerse en varios campos: figuras retóricas, léxico e intertextualidad. La mayor parte de los recursos elocutivos que se detectan en la columna personal entran dentro de alguna de estas categorías.

Para el estudio de las licencias retóricas, nos parece particularmente útil la clasificación que aporta el grupo de Lieja[xviii][18]. Partiendo de la noción de ècart o desvío, la escuela estructuralista de Jacques Dubois organiza las licencias del lenguaje o “metáboles” de acuerdo con dos parámetros: plano de la expresión frente a plano del contenido; y ámbito de la palabra y unidades menores frente a ámbito de la oración y unidades mayores. Del cruce de ambas dicotomías surge una cuádruple clasificación de las figuras en metaplasmos (que afectan al plano de la expresión y se producen en el ámbito de la palabra), metataxis (plano de la expresión, ámbito de la oración y el texto), metasememas (plano del contenido, ámbito de la palabra) y metalogismos (plano del contenido, ámbito de la oración y el texto). Los metaplasmos operan sobre el significante de los vocablos, modificando su continuidad fónica o gráfica; las metataxis conciernen al significante de la oración y son metáboles de naturaleza sintáctica; los metasememas actúan en el plano del contenido, y consisten en la modificación de un significado debida a la sustitución de términos (se corresponden con los tradicionales tropos). En cuanto a los metalogismos, representan cambios lógico-semánticos en el marco de la oración, y son el equivalente de las clásicas figuras de pensamiento[xix][19].

El listado de figuras que engloba cada una de estas categorías resulta demasiado extenso para detallarlo aquí; señalaremos tan sólo las más frecuentes en el articulismo literario: aliteración, homeóptoton y paromeon (metaplasmos); acumulación, anáfora, bimembración, derivación, enumeración, paralelismo, pleonasmo, políptoton y trimembración (figuras sintácticas o metataxis); alegoría, metáfora, metonimia, oxímoron y sinécdoque (metasememas); amplificación, analogía, antítesis, antropomorfización, apóstrofe, comparación denotativa, écfrasis o descripción, ejemplo, equívoco, hipérbole, ironía, lítote, paradoja y remotivación (correspondientes al grupo de los metalogismos)[xx][20].

En cuanto al léxico, son marcas elocutivas de interés, en el ámbito del columnismo, el argot, los cultismos, los modismos y muletillas, los neologismos, los antropónimos, los apócopes, los aumentativos, los barbarismos, los diminutivos y las palabras comodín.

Por último, es frecuente entre los cultivadores de la columna personal el recurso a la intertextualidad, que dota a los textos de un barniz culturalista notablemente eficaz en términos persuasivos. En la intertextualidad coexisten múltiples niveles, que van desde la alusión más sutil hasta la reproducción literal de algo ya enunciado, y esta abundancia de manifestaciones dificulta su sistematización teórica; la modalidad intertextual más frecuente en el terreno de la columna personal es la citación. Las citas o intertextos pueden clasificarse, de acuerdo con su explicitud, en: citas directas, citas indirectas, citas sin atribución de autoría y citas encubiertas. Las citas directas presentan marcas tipográficas que las diferencian del resto del texto, y van acompañadas del nombre de su autor; las indirectas carecen de marcas, aunque especifican al agente original de la enunciación; las citas sin atribuir presentan signos tipográficos pero no incluyen referencia alguna al autor; por último, las citas encubiertas son aquéllas que no se destacan tipográficamente ni van acompañadas de datos sobre su procedencia. Por otro lado, de acuerdo con su fidelidad al enunciado original, las citas pueden ser literales o parafraseadas[xxi][21].

Al margen de lo anterior, cabe consignar como apartado final del análisis retórico aquellos elementos de las series visuales paralingüística y extralingüística (sumarios, fotografías…) que acompañen al texto y se consideren de relevancia desde un punto de vista persuasivo.


Conclusión

Con esta propuesta, fruto a la vez de la inducción y la deducción, no aspiramos, claro está, a ofrecer un modelo de análisis exhaustivo para todos los apartados que en ella se incluyen. La riqueza inherente a cada uno de ellos hace de cualquier intento totalizador una empresa vana. Además, el estilo personal de cada columnista representa un condicionante de peso para el estudioso, que deberá hacer hincapié en unos campos o en otros, en unos u otros recursos, de acuerdo con el papel que éstos desempeñen en la prosa del autor.

Pese a ello, creemos que por medio de nuestro modelo de análisis quedan debidamente atendidos los aspectos temáticos, estructurales, argumentativos y estilísticos más sobresalientes de la columna personal, y que su aplicación puede constituir una técnica de notable validez heurística para los trabajos circunscritos al ámbito de la opinión periodística.



Notas

[i][1] Véase MARTÍNEZ ALBERTOS, J. L. (2001): ‘Curso general de Redacción Periodística’. Madrid, Paraninfo-Thomson Learning, 5ª edic., ISBN: 84-283-1928-6, págs. 372 y ss. A propósito de la taxonomía de la columna, las propuestas son variadas, y con frecuencia discordantes en materia terminológica, aunque todas responden a este mismo esquema básico. En este sentido, véanse ABRIL VARGAS, N. (1999): ‘Periodismo de opinión’. Síntesis, Madrid, ISBN: 84-7738-701-X, pág. 72; ARMAÑANZAS, E. y DÍAZ NOCI, J. (1996): ‘Periodismo y argumentación. Géneros de opinión’. Bilbao, Servicio Editorial de la Universidad del País Vasco, ISBN: 84-7585-780-9, pág. 105; GOMIS, L. (1989): ‘Teoría del gèneres periodístics’. Barcelona, Generalitat de Catalunya, Centre d´Investigació de la Comunicació, ISBN: 84-393-1135-4, págs. 167-168; GONZÁLEZ REYNA, S. (1991): ‘Géneros periodísticos I. Periodismo de opinión y discurso’. México, Trillas; LÓPEZ HIDALGO, A. (1996): ‘Las columnas del periódico’. Madrid, Ediciones Libertarias/Prodhufi, ISBN: 84-7954-318-3, págs. 182-183; MARTÍN VIVALDI, G. (1986): ‘Curso de redacción’. Madrid, Paraninfo, ISBN: 84-283-0382-7, pág. 141; MORÁN TORRES, E. (1988): ‘Géneros del periodismo de opinión’. Pamplona, Eunsa, ISBN: 84-313-1040-5, págs. 163-164; MUÑOZ, J. J. (1994): ‘Redacción periodística. Teoría y práctica’. Salamanca, Librería Cervantes, ISBN: 84-85664-59-0, pág. 150; SANTAMARÍA, L. (1990): ‘El comentario periodístico’. Madrid, Paraninfo, ISBN: 84-283-1788-7, págs. 122-123; y VILARNOVO, A. y SÁNCHEZ, J. F. (1992): ‘Discurso, tipos de texto y comunicación’. Pamplona, Eunsa, ISBN: 84-313-1219-X, pág. 164.

[ii][2] MARTÍNEZ ALBERTOS, J. L. (2001): ob. cit., pág. 363.

[iii][3] La definición de la columna personal que ofrece Santamaría en su primer trabajo sobre los géneros de opinión es aún más virulenta que la de Martínez Albertos: “Espacios concedidos al modo de cheques en blanco a escritores de indudable nombradía para que escriban de lo que quieran y como quieran, con la condición de que no se extralimiten del número de palabras previamente acordado y de que respalden las genialidades o las tonterías que decidan exponer en cada uno de sus artículos” (en SANTAMARÍA, L. [1990]: ob. cit., págs. 122-123).

[iv][4] PERELMAN, C. y OLBRETCHS-TYTECA, L. (1989): ‘Tratado de la argumentación’. Madrid, Gredos, ISBN: 84-249-1286-5.

[v][5] AYALA, F. (1985): ‘La retórica del periodismo y otras retóricas’. Madrid, Espasa-Calpe, ISBN: 84-239-1654-5, pág. 50.

[vi][6] Ob. cit., pág. 212.

[vii][7] Citado en AGUILERA, O. (1992): ‘La literatura en el periodismo y otros estudios’. Madrid, Paraninfo, ISBN: 84-283-1938-3, pág. 62.

[viii][8] CASASÚS, J. M.ª y NÚÑEZ LADEVÉZE, L. (1991): ‘Estilo y géneros periodísticos’. Barcelona, Ariel, ISBN: 84-244-1258-6, pág. 43.

[ix][9] Véase nota 1.

[x][10] SANTAMARÍA, L. y CASALS CARRO, M.ª J. (2000): ‘La opinión periodística. Argumentos y géneros para la persuasión’. Fragua, Madrid, ISBN: 84-7074-116-0; MORALES CASTILLO, F. (1991): ‘Recursos de humor en el periodismo de opinión. Análisis de las columnas periodísticas “Escenas políticas”. Madrid, Editorial de la Universidad Complutense, Colección Tesis Doctorales; LÓPEZ PAN, F. (1996): ‘La columna periodística. Teoría y práctica’. Pamplona, Eunsa, ISBN: 84-313-1447-8; LEÓN GROSS, T. (1996): ‘El artículo de opinión’. Barcelona, Ariel, ISBN: 84-244-1273-X; ASMAR, P. (1992): “Irak-Kuwait. Brutal invasión. Análisis del primer editorial del diario ABC sobre la Guerra del Golfo”, en AA. VV.: ‘Estudios en honor de Luka Brajnovic’. Pamplona, Eunsa, ISBN: 84-313-1215-7, págs. 45-55; y CASALS, M.ª J. (1998): “El argumento petitio principii. Una falacia para dogmáticos”, en ‘Estudios sobre el mensaje periodístico’, núm. 4, ISSN: 1134-1629, págs. 203-228.

[xi][11] Se prescinde, claro está, de la actio, por estar ésta relacionada con la declamación del discurso, algo ajeno a la práctica del columnismo. Para una completa exposición de la doctrina retórica clásica, remitimos a ARISTÓTELES (1998): ‘Retórica’. Edición de Alberto Bernabé. Madrid, Alianza Editorial, ISBN: 84-206-3642-8; y QUINTILIANO (1942): ‘De Institutione Oratoria’. Edición a cargo de Ignacio Rodríguez y Pedro Sandier. Madrid, Editorial Hernando; así como a las modernas complicaciones recogidas en ALBALADEJO MAYORDOMO, T. (1989): ‘Retórica’. Síntesis, Madrid, ISBN: 84-7738-037-6; y MORTARA GARAVELLI, B. (1991): ‘Manual de Retórica. Madrid, Cátedra, ISBN: 84-376-1015-X.

[xii][12] Una aplicación pormenorizada del modelo expuesto a continuación puede encontrarse en GÓMEZ CALDERÓN, B. (2002): ‘La evolución del columnismo de Francisco Umbral (1961-1997). Aspectos retórico-argumentativos’. Málaga, Servicio de Publicaciones de la Universidad, ISBN: 84-688-0103-8.

[xiii][13] A propósito de estas objeciones, véase BERNÁRDEZ, A. (2001): “Neorretórica, ¿una estrategia para la salvación?”, en ‘Cuadernos de Información y Comunicación’, Departamento de Periodismo III, Universidad Complutense de Madrid, núm. 4, ISSN: 1135-7991, págs. 21-31.

[xiv][14] CHICO RICO, F. (1988): Pragmática y construcción literaria. Discurso retórico y discurso narrativo. Alicante: Universidad de Alicante, ISBN: 84-600-5149-8, pág. 55.

[xv][15] El cuadro completo de falacias, según la doctrina aristotélica, puede consultarse en SANTAMARÍA, L. y CASALS, M.ª J. (2000): ob. cit., pág. 171.

[xvi][16] De acuerdo con la terminología expuesta en VAN DIJK, T. (1997): ‘La ciencia del texto: un enfoque interdisciplinario’. Barcelona, Paidós, ISBN: 84-7509-227-6, pág. 161.

[xvii][17] Véase SANTAMARÍA, L. y CASALS, M.ª J. (2000): ob. cit., pág. 150.

[xviii][18] Véase GRUPO “M” (1987): ‘Retórica general’. Barcelona, Paidós, ISBN: 84-7509-415-5. En esto coincidimos con el criterio de Tomás Albaladejo, uno de los primeros y más asiduos cultivadores de los estudios retóricos en nuestro país; y con Helena Beristáin, autora del completísimo ‘Diccionario de Retórica y Poética’ (México, Editorial Porrúa, 1995).

[xix][19] GRUPO “M” (1987): ob. cit., págs. 71 y ss.

[xx][20] Para una descripción detallada de las diversas figuras aquí recogidas, remitimos a MARCHESE, A. y FORRADELLAS, J. (1988): ‘Diccionario de retórica, crítica y terminología literaria’. Barcelona, Ariel, ISBN: 84-344-8386-6; MARCOS ÁLVAREZ, F. (1993): ‘Diccionario básico de recursos expresivos’. Badajoz, Universitas Editorial, ISBN: 84-85583-88-4; MAYORAL, J. A. (1994): ‘Figuras retóricas’. Madrid, Síntesis, ISBN: 84-7738-218-2; y BERISTÁIN, H. (1995): ob. cit..

[xxi][21] Sobre las diversas modalidades de citación, véanse REIS, C. (1989): ‘Fundamentos y técnicas de análisis literario’. Madrid, Gredos, ISBN: 84-249-0147-9; GARRIDO MORAGA, A. (1993): “Cuestiones de intertextualidad”, en ‘Canente’, núm. 10, ISSN: 0213-7895, págs. 87-93; y MARTÍNEZ FERNÁNDEZ, J. E. (2001): ‘La intertextualidad literaria’. Madrid, Cátedra, ISBN: 84-376-1901-7.
                                                        

FORMA DE CITAR ESTE TRABAJO DE LATINA EN BIBLIOGRAFÍAS:

Nombre del autor, 2004; título del texto, en Revista Latina de Comunicación Social, número 57, de enero-junio de 2004, La Laguna (Tenerife), en la siguiente dirección telemática (URL):

http://www.ull.es/publicaciones/latina/20040257gomez.htm


 Revista Latina de Comunicación Social
La Laguna (Tenerife) – enero-junio de 2004 - año 7º - número 57
D.L.: TF - 135 - 98 / ISSN: 1138 – 5820
http://www.ull.es/publicaciones/latina/20040257gomez.htm

sábado, 29 de enero de 2011

Semiótica de la Comunicación


Número 38
Resumen

¿Cómo comunicar sobre la comunicación ?, ¿cómo decir mejor el juego de los signos en su efectividad ? Para contestar estas preguntas, proponemos volver a “ las seis funciones del lenguaje según Jakobson ”, verdadero comentario teórico y didáctico, que expone muchos problemas, recordando unas distinciones (tales como factor vs función) y nociones (tales como "dominante", "jerarquización") olvidadas y necesarias, y tomando el ejemplo de la "función metalingüística" para definir, en el marco de la semiótica general, las condiciones de pertinencia del instrumento jakobsoniano, en términos de extensión y transformación.

Palabras claves: comunicación, dominante, enunciado, función, isotopía, isotropismo, metasemiótico, transformación, semiótica.

El artista minimalista Donald Judd, a fines de los años cincuenta y al empezar el decenio siguiente, pensaba que los pintores y los escultores de su tiempo —y de su país, los Estados Unidos de América—, habían echado fuera el tema —operación debida a los expresionistas abstractos, Rothko, Pollock y otros—, pero que permanecía en sus obras la presencia de un Sujeto operador y la impronta de su personalidad. Judd pedía que igualmente los artistas echasen fuera a este Sujeto, sus sentimientos, su individualidad. Finalmente, dirá que la obra no se refiere a nada, o que la obra sólo se refiere a sí misma. 


En aquel tiempo también trabajaba Algirdas Julien Greimas, con otros, en constituir una “ ciencia nueva ”, digamos mejor: en fundar una disciplina de lectura de los signos, excluyendo precisamente al Sujeto, enunciador de esos signos —mucho antes, en el fin del siglo XIX, el tema, que llamaba el referente, había sido excluido por Ferdinand de Saussure—, todas exclusiones legadas a una exigencia metodológica. La más importante manifestación de los inicios de aquellos trabajos fue la Sémantique structurale1, en 1966 ; luego, en 1968 apareció el libro de Umberto Eco La struttura assente2. El año siguiente fue creada en Paris la Asociación Internacional de Semiótica, donde estaban presentes Benveniste, Eco, Greimas y Jakobson (citamos a aquellos de quienes hablamos en este artículo).
Algirdas Julien Greimas

Esos semióticos y sus discípulos o sencillamente sucesores, para hablar de la comunicación —su objeto más general, ya que no se limita la semiótica a un aspecto de ésa, aislada por algunos, la llamada “ significación ”—, utilizan, desde hace mucho tiempo, lo que llaman « las seis funciones del lenguaje según Jakobson », es decir según su ponencia titulada « Closing Statements : Linguistics and Poetics », pronunciada en un coloquio de la Universidad de Indiana, publicada en 1960, y traducida en francés en los Essais de linguistique générale (véase, para la traducción española, los Ensayos de lingüística general, Seix Barral, Barcelona, 1975, Ariel, Barcelona, 1984). 
Roman Jakobson

Pero desde entonces muchos investigadores han respondido continuamente a aquel mecanismo, demasiado simplificador –sobre todo porque llegó a ser banal, particularmente en el aspecto didáctico–, y también demasiado dependiente de la fascinación que encontró Jakobson en la teoría de la información tras la lectura de la Teoría matemática de la comunicación de Shannon y Weaver, aparecida diez años antes, con todas las limitaciones legadas a la naturaleza mecánica, técnica de los polos emisor y receptor en cibernética, por ejemplo. 


Hubo veneración, hubo crítica, hubo refección, muchas refecciones interesantes, como la de Daniel Delas3. ¿Cuántas veces no hemos visto y oído hablar de este esquema ? Hubo sobre todo reduplicación sin pensamiento, aplicación sin espíritu. Por este motivo, me parece que hace falta, hoy en día y en el marco de la semiótica, considerar de nuevo cómo comunicar sobre la comunicación, cómo explicar mejor el juego de los signos en su efecto real y general, sin olvidar el punto de vista que hemos elegido, semiótico, es decir estructural. Y para llegar a hacerlo, primero hace falta esclarecer unas confusiones peligrosas.

La gran confusión:

No confundir factores y funciones. El texto de Jakobson habla de “ seis factores de la comunicación verbal ”, llamados también “ elementos principales ” o aún “constituyentes ”: el emisor (addresser) que, utilizando un código (code), produce un mensaje (message) para el destinatario (addressee), gracias a un contacto (contact), a propósito de un contexto (context). A cada factor correspondería una función (dicen unos : del factor se deriva una función). Noten ustedes, sin embargo, por favor:

1) la expresión “ comunicación verbal ”; este esquema fue extendido a todos los objetos de la semiótica, desde la literatura hasta el comportamiento o la publicidad televisiva ; aquí hablaremos de la comunicación semiótica, es decir general, cuyos modos son icónicos, gestuales, arquitecturales, conductistas, y las manifestaciones muchas veces sincréticas (teatro, cine, etc.); 
2) las variaciones terminológicas bastante importantes en la denominación de los factores ;  
a. en vez de “ destinatario ”, encontramos “ receptor ”, “ alocutario ”, y preferimos “ enunciatario ”;  
b. por consecuencia elegimos “ enunciador ”, y no hablaremos de “ locutor”, “ emisor ”, “ autor ”, “ remitente ” “ codificador ”, 
c. preferimos “ enunciado ” y no hablaremos de “ mensaje ”;  
d. al lado de “ contacto ”, demasiado abstracto, encontramos “ canal ”, demasiado concreto, y “ medio ”, ambivalente, por lo que preferimos este último;
3) otras variaciones terminológicas, más desconcertantes, en la denominación de las funciones son:
a. la que corresponde al enunciador está considerada “ emotiva ” (emotive), pero también “ expresiva ” o “ sintomática ” ; 
b. corresponde al enunciatario la “ conativa ” (conative), “ imperativa ”, “ apelativa ” o “ suscitativa ”, pero preferimos, claro, “ impresiva ”, por simetría con “ expresiva ” ;  
c. la función relativa al contexto la llaman “ cognitiva ” (he encontrado también “ cognoscitiva ”), “ denotativa ”, “ informativa ”, “ enunciativa ”, “ representativa ”, y “ referencial ” (referential), que conservamos.

Esas variaciones enseñan la gran confusión del vocabulario. Detrás de las palabras se encuentra la gran confusión de los conceptos, detrás de esa última, la ambiguëdad del esquemajakobsoniano. Creemos que nuestro esbozo de organización dará una mejor comprensión de la estructura semiótica de la comunicación.


No confundir función y función. Claro que hay una historia de las funciones. Ya en 1918, Karl Bühler organizaba el lenguaje con una tríada de funciones, correspondientes a los tres polos de la communicación, Kundgabe (notificación), Auslösung(suscitación) y Darstellung (representación o descripción): se habla de ELLO, se lo “ describe ”, TÚ escucha —está suscitado–, escucha YO que habla —está notificando—, ahora el TÚ de antes se vuelve YO que habla, y TÚ, el YO de antes, escucha la respuesta sobre el tema de ELLO (indefinido, ya que puede ser un “ otro ” ELLO).

En su libro de 19344 Bühler proponía el modelo del organon, representación triangular del acto de habla, que derivó en tres funciones, Ausdruck (expresión), Appell (llamada o apelación), y la misma Darstellung. Jakobson conocía bien esta tríada, gracias al Círculo Lingüístico de Praga, del cual el Ruso era el animador principal, y donde el esquema de Bühler fue aceptado fácilmente, ya que permitía resolver unos problemas todavía controvertidos antes de que Bühler se marchara hacia los Estados Unidos, lo cual ocurrió en el año de 1939; Roman Jakobson también salió en esa misma fecha, pasando por Dinamarca, Noruega y Suecia. 


Pero en Praga, su compañero Mukarovsky y Jakobson desarrollaron una cuarta función, llamada estética, que de manera más o menos idéntica, se llamará “ poética ” en el Jakobson de 1960. La función estética, sin embargo, nació como otra denominación en el contexto bühleriano de una función llamada: poética, por los formalistas rusos de los años veinte, tal como Osip Brik, Chklovski, y …Jakobson, en un contexto teórico un poco diferente. 


La quinta y la sexta función, a mi parecer, nacen sólo en este último tiempo, teniendo un origen extrasemiótico: la fática correspondiente al medio, en la terminología etnológica de Bronislaw Malinowski; y la metalingüística (correspondiente al código) en la lógica filosófica.


No confundir discurso y discurso. Distinguimos tres tipos de discursos, que muchas veces no distingue la gente, tres tipos que por lo menos se mezclan sin discusión:
- el discurso ontológico 
- el discurso epistemológico 
- el discurso metodológico.
La ontología preguntaría :“¿Qué es eso?”. La epistemología preguntaría: “¿Qué podemos saber de eso? ”. La metodología preguntaría: “¿Cómo podemos hacer para saber algo de eso, conocer y decir eso mejor, describirlo mejor?” 


El discurso de las seis funciones, en el marco de la semiótica, propone una contestación de nivel epistemológico. No dice nada de lo que es el lenguaje, ni siquiera un lenguaje, por ejemplo el verbal, pero sí dice mucho del modelo que permite buscar lo que podemos saber de la comunicación, y abre la posibilidad de inventar métodos para contestar mejor la pregunta.

No confundir ratio essendi y ratio cognoscendi. En el marco de un discurso epistémico, es decir sin ninguna intención ontológica, podemos hablar sin embargo de la génesis de las cosas, de su modelo, una lectura de las cosas como pensamos que llegan a ser, a existir : tal es la ratio essendi. Pero el discurso fundamental de la semiótica brota del resultado de la enunciación para dirigirse hacia sus factores externos : empieza así por el estudio del enunciado, de la misma manera que, en narratología, el discurso semiótico empieza por el programa final, luego volviendo a los programas preliminarios que lo determinan. Tal es la ratio cognoscendi.

No confundir vinculación y focalización. La mayor dificuldad en la aplicación del modelo es ésa, quizás : cada función, ya en el discurso jakobsoniano inicial, y también, y sobretodo, en las diversas variaciones de la voz popular, en sus muchísimas aplicaciones apresuradas no tienen la misma relación al factor correspondiente. Ejemplos : “ vinculada con ”, “ esta centrada en /sobre ”, “ orientada/orientación hacia ”, “ ordenación hacia ”, “ focalización ”, “ acentuación ”, “ tiene como único objeto ”, de tal manera que, cada vez, para cada función, para cada ejemplo, tendríamos que precisar si se trata de una exclusividad o de una insistencia. El mérito de Klinkenberg5 fue la tentativa de unificar (sea esto dicho “ centrado en ”), pero sin resistir a la prueba de la realidad: si digo “ yo ” en un diálogo, luego “ tú ”, etc., ¿diremos que se trata de un texto centrado en la función expresiva y, alternativamente, en la función impresiva? Y sobre todo: ¿tendrá alguna eficacia?, ¿despertará algún interés este análisis?

Así y entonces, trabajaremos tomando como base lo siguiente :pongamos seis factores de la comunicación (verbal y no-verbal) que no desarrollan el mismo papel puesto que enunciadosupone enunciadorenunciatario y medio como condiciones externas, sistema —que prefiero a código— como condición interna, y referente como condición mediana (se trata de este real exterior hacia el cual se dirige la atención del enunciado ; el común de la gente dice con razón que el referente es exterior al mensaje, rodea la comunicación, y que al mismo tiempo se inserta en ella).

A estas seis funciones cuya relación con los factores no conocemos con exactitud, las llamamos:
1) expresiva (correspondiendo al YO de la comunicación), 
2) impresiva (correspondiendo al TÚ), 
3) referencial (correspondiendo al ESO —de que se habla, de lo que significamos, de que proponemossignificancia, palabra bastante vaga que traduce el concepto de “ signifiance ” de Emile Benveniste); por otra parte, sin crítica, conservamos las denominaciones anteriores para las funciones
4) poética y 
5) fática, transformando sólo la 
6) metalingüística en metasemiótica, ya que extendimos la problemática a todas las semiosis.
El gran olvido:

No olvidar la eficacia. El esquema de Jakobson es un instrumento de comprensión de las realidades, no un modelo de la realidad. Si un modelo, reflejo abstracto de la realidad, presenta graves dificultades de utilización, tenemos que cambiar el modelo. En cambio, si un instrumento parece poco operatorio frente a un objeto, particularmente un objeto nuevo, no tenemos que cambiarlo, sino que tenemos que adaptarlo a ese objeto, usando pertinencia y prudencia. En efecto, por ejemplo,
si se introducen ad hoc nuevas funciones del lenguaje, la lingüística funcional se disuelve en una enumeración pre-teórica de actos de habla 6.
Hemos dicho ya que las “ seis funciones ” fueron concebidas en el marco de la poética verbal (el coloquio de Bloomington era más precisamente de estilística). También se ha comentado que la semiótica extiende sus consideraciones a todas las otras semiosis ; así toma (o no) los instrumentos de la lingüística (discurso epistemológico con dirección metodológica), no sus conceptos epistemológicos con pretensión ontológica. 

El instrumento jakobsoniano, que servía –sobre todo, en la ponencia y en la publicación iniciales– para establecer las bases sobre las cuales el autor podía desarrollar la situación del acto poético en el lenguaje verbal, cuando se encuentra extendido a las otras funciones y sobre todo a los otros procesos semióticos 7, se encuentra en problemas, seguramente, sin embargo no tenemos que cambiarlo.

No olvidar la ejemplaridad. Los enunciados breves —así como “ hoy es lunes ” ilustrando la función referencial– son únicamente ejemplos de tipo gramatical, en el marco de la gramática semiótica, y de estatuto teórico-doctrinal (¿cuáles son los seis factores del lenguaje? ¿cuáles son sus seis funciones?). No tienen ninguna eficacia práctica para la lectura de los textos. 


No hubiera olvidado Jakobson la experiencia de Stanislavsky —citado en sus Ensayos—, el hombre de teatro ruso capaz de pedir a un comediante que pronunciara “ hoy es lunes ” dando al enunciado veinte o treinta significados. En tal proceso, los rasgos dichos suprasegmentales8—tonalidad, ritmo, timbre— y los elementos como la mímica pueden hacer variar el significado. Lo puede también el co-texto : ”hoy es lunes ” o “ la luna se clarea en el lago ” no tienen misma función (o mismo significado), en una breve novela de Maupassant, en un haï ku japonese, en el teatro de Chejov, en una conversación telefónica, en un artículo de El País, etc.

No olvidar la jerarquía. Cuando leemos la discusiónjakobsoniana, podemos interrogarnos : ¿tenemos que seguir llamando todo eso igualmente “ función ” ? Ya en Bühler no se puede decir que un texto tiene función referencial o expresiva sin un análisis de su organización completa.
A la vez que distingue estas funciones del lenguaje, Bühler postula la norma en que los actos de habla implican las tres funciones conjuntamente. La especificidad de un acto de habla viene dada por la jerarquía de sus funciones antes que por la exclusividad de cualquiera de ellas9.
Y de nuevo en el Jakobson de 1960:
Aunque distinguimos seis aspectos básicos del lenguaje, difícilmente podríamos encontrar, sin embargo, mensajes verbales que cumplieran sólo una función. La diversidad no reside en el monopolio de una de estas funciones, sino en un diferente orden jerárquico. La estructura verbal de un mensaje depende primariamente de la función predominante10.
En verdad, se trata de dominante, si quieren de dominante factorial en un enunciado —de cualquier extensión que sea—. El interés del término resulta de su referencia al concepto que conocemos por el mismo Roman Jakobson desde la publicación de las conferencias de Brno (particularmente el artículo “ La dominante ” en los Ensayos).

No olvidar la gradación. Verdaderamente, las fronteras se quedan frágiles, de vez en cuando indiscernibles : aquí la función referencial parece primordial, allá cuasi olvidada ; aquí el texto parece demasiado breve, allá más amplio que lo necesario. Los pasajes son más importantes que las fronteras. Por ejemplo, si no tenemos que olvidar las diferencias entre índices y signos, tampoco podemos olvidar sus semejanzas, y la integración de los primeros en el sistema de los segundos. 

Como se sabe bien, un índice es por ejemplo el humo que indica el fuego, a lo lejos. No se lee fácilmente, porque no pertenece a un sistema. Depende de un saber enciclopédico externo: aparece el humo (natural o no, de incendio o no, rítmicamente integrado en un sistema semiótico, tal como el de los Indios, etc.), exige un conocimiento de las huertas de los ciervos, según el terreno, la temporada, etc., aunque la lluvia ha borrado algo, etc. Por lo contrario, el objeto de la semiótica es el conjunto de los signos que forman sistemas (organización de sistemas en el modo sincrónico y en el modo diacrónico). Pero se sabe también que, con los índices, es necesario una inferencia, es necesario convertir la percepción en significante de un significado, y que tal operación aproxime el mundo de los índices al mundo de los signos. 


Añadiré que en la expresión oral como en la visual, ya sea gestual, pictórica u otra, hay muchos índices del YO, por ejemplo. Los índices multiplicados, acumulados, pueden componerse entre ellos eventualmente con los signos explícitos, y así formar un sistema debajo de la mirada del aparato semiótico. Entonces los índices se van constituyendo signos y se puede hablar de isotopías. Sobre este base se funda la psicosemiótica, que estudia el proceso discursivo de producción de significación por los comportamientos11.


Así y entonces, trabajaremos sobre las bases siguientes:buscamos algo en un texto, un fragmento de texto, o un conjunto de textos, cuya delimitación y determinación tenemos que probar : la extensión del enunciado elegido debe ser pertinente para un análisis general, y para aquello que queremos producir : análisis lingüístico transfrástico, o genérico, análisis icónico, de un cuadro, de un ciclo, de la obra de un pintor o de las produciones de una época, etc… 


Y, ¿qué buscamos? Queremos saber cuando la orientación nos lleva hacia uno más que a otro, o dos más que otros entre los factores que determinan la configuración (y, necesariamente, como es necesaria la relación del significante y del significado, el valor) del enunciado. 

Un criterio en esta orientación es la redundancia de los elementos manifestados en el texto, lo que crea o funda una isotopía. Esta isotopía puede ser centrada en el YO (un texto verbal donde hay redundancia de lexemas como “ yo ”, “ me ”, “ mi ”, las primeras personas del verbo, etc.; una serie de autorretratos, un comportamiento narcísistico con marcas explícitas y redundantes) o el TÚ (un texto donde hay redundancia de lexemos como “ tú ”, “ te ”, “ ti ”, las segundas personas del verbo, etc.; un conjunto de carteles publicitarios que siempre convocan al destinatario consumidor de modo explícito e insistente, etc.). Cuando podemos establecer las isotopías, sólo entonces podemos definir su jerarquía, y así podemos proponer un esbozo de sistema.


Trabajo e isotropismo : el ejemplo metasemiótico

Quisiera concluir esta primera presentación con un breve estudio de la dominante factorial metasemiótica, y luego, en un trabajo posterior, adelantarme en el camino de las otras. Pues bien, digo algo a propósito de algo, o, mejor, en términos de semiótica general, significo algo a propósito de algo, usando un instrumento para decir, para significar ; este instrumento se llama “ enunciado ”. 

Eso es —la operación del enunciado— una activación del factor“referente”.


Y ahora digo : significo algo a propósito de algo que he dicho, que he significado, que digo —acabo de decir—, que diré/significaré, que has dicho, que dices, y que aún dirás, que ha dicho, que dice, y que aún dirá… Eso es una activación del factor “ sistema ”. Utilizo un instrumento-para-significar (el esquema de Roman Jakobson, lo hemos dicho, tiene que ser considerado también como un instrumento, pero no se trata de un nivel idéntico : instrumento para comprender el significar, para comunicar sobre la comunicación, es un meta-instrumento), utilizo un instrumento dicho “ enunciado ”, que significa respecto a otro “ enunciado ” (perteneciendo o no a la misma semiosis12). Aquí está un metadiscurso, un discurso volviendo a otro discurso, fragmento de sí mismo o parte de un discurso ajeno (entonces se llama “ cita ”). 


Como acabamos de constatarlo, el metadiscurso se encuentra en la superficie de la manifestación significante, aquí sólo podemos localizarlo, no se trata de un elemento estructural, de tal manera que los estudios sobre el fenómeno metadiscursivo en la telenovela o el radioteatro (pienso en unas ponencias del V° Congreso de la Asociación Internacional de Semiótica Visual, en São Paulo, 1996), exigen mucho trabajo “ arqueológico ” hacia las estructuras ; en cambio, a nivel estructural la activación del factor “ sistema ” depende de la activación del factor “ referente ”: se trata de la jerarquización necesaria y de la disimetría que tendremos que introducir en el esquemajakobsoniano


Por otro lado, no podemos limitar la definición de la dominante metasemiótica como un enunciado que ofrece o solicita información sobre el código. Así se habla a veces de manera común, quizá porque respecto de la función metasemiótica, Jakobson recuerda : “ Cada vez que el destinador y/o el destinatario juzgan necesario verificar si utilizan verdaderamente el mismo código, el discurso está centrado en el código : cumple una función metalingüística (o de glosa)”. Pero no basta. Tomemos unos ejemplos. “ Alguien dijo : ‘Todo pasa’ ”, “ Como dice Cristo : ‘Felices los pobres’… ”. 

Ninguna diferencia, desde este punto de vista, con escribir “ Picasso ha pintado muchos cuadros, jugando con fragmentos o totalidad de Las Meninas velazquianas ”. Se trata en efecto de una correlación establecida en un enunciado único de fragmentos perteneciendo a discursos distintos, a dos procesos : el primero de éstos, por así decir encuadrándolo, tiene su origen en el enunciador actual, sin mediación, el otro en el enunciador de la cita, generalmente anterior, aunque sea el mismo YO (“como acabo de decir…”, el pintor que cita su pintura, etc.), y mediatizado por el primero. 

Pero el problema se transforma en un problema más agudo si consideramos ahora los cuadros mismos de Picasso. Claro que éstos citan Las Meninas. ¿ Son procesos metasemióticos de los de Velázquez ? Quizás, pero no lo están porque citan Las Meninas. Lo están porque trabajan sobre este procesovelazquiano, porque ponen a la luz algunos de sus aspectos más conocidos, dan nuevos rasgos a las cosas y a la gente del ilustre cuadro, finalmente porque no sólo trabajan sobre él, sino que lo trabajan

Podemos escribir : la enunciación (la de Picasso) produce un enunciado (los cuadros) cuya función dominante referencial de tipo interno nos presenta el cuadro de Velázquez —tal o tal fragmento de ese cuadro—, como referente, pero trabajándolo de modo que surja otra significación, o, por decirlo mejor, que cambie la manifestación de la significancia. Esos procesos —esos cuadros— activan el factor sistema, pero por la cita de otros procesos —de esos que Klinkenberg llama homosemióticos, otros cuadros—, no por la discusión directa de unos aspectos del código (para conservar aquí la denominación tradicional), y así manifestan la dominante metasemiótica de tipo metaprocesal

Tomemos otro ejemplo : el pintor americano Roy Lichtenstein, según Klinkenberg, en su Précis…, op. cit., trabaja sobre la manera de Mondrian, trabaja sobre los elementos constitutivos de esta manera, es decir finalmente sobre los elementos de un sistema (mejor dicho subsistema) visual, y trabaja también sobre los elementos de otro sistema, él de los cómics (todo eso, Klinkenberg lo llama códigos) : así Roy Lichtenstein “ élargit le code de la peinture en y injectant des signes que ses prédécesseurs avaient bannis ”. Se trataría de un enunciado metasemiótico de tipo metasistémico.

Llamaremos metasemiótico un texto —el objeto de la análisis semiótica—que trabaja el sistema directamente o indirectamente, con redundancia de manifestaciones : el trabajo parece la condición esencial de la pertinencia de las isotopías, de la existencia de un isotropismo—isotopía de focalización en un factor, dominante factorial. 

Como lo sugiere el traductor francés de los Ensayos… a propósito de la función poética (pág. 221, NDT 2), los ejemplos franceses [“ OAS, assassins ” / o - a - s a – sa – sê/ y “ OAS, SS ” / o - a – s es – es/) tienen una acción estructurante ” sobre la realidad social y cultural porque trabajan la materia del significante por el principio de isocronía, la aliteración, el eco doble, la paronomasia, etc., y por eso tienen un significado específico. 

Más allá, nos hace falta subrayar que todos los ejemplos dados por Jakobson suponen la distinción en el mensaje o, para nosotros, el enunciado del significante y del significado, precisamente porque el trabajo sobre el significante transforma por efecto de consecuencia el significado. Recuérdense “ I like Ike ” y el fuerte análisis que da de esas tres palabras el autor de los Ensayos.

Dos parámetros, finalmente, parecen esenciales : la extensiónlegada a las distinciones, a la gradación, y a las isotopías para la definición de una unicidad del corpus, y la transformación legada a la jerarquización, a la focalización y al trabajo para una definición de la dominante. No sirve nada repetir : aquí está la función metalingüística, cuando oigo “¿ qué quiere decir ?”, o cada vez que veo un pincel pintado en un cuadro; no sirve nada más repetir : aquí está la fática, porque dices “bueno, bueno”, aquí está la conativa, si el padrón grita siempre “¡Trabaja, levántate!”, etc. 

Pero sí podemos, estableciendo con pertinencia la extensión y la transformación de un texto, definir su género o su estilo —es decir analizar un fenómeno de comunicación desde el punto de vista colectivo e individual—, habremos, entonces, utilizado con eficacia las famosas “seis funciones” de la comunicación, el instrumento, de origen jakobsoniano, de los seis isotropismos.


Notas:

1 Sémantique structurale. Recherche de méthode, Paris, Flammarion, 1966. Trad. esp. Semántica estructural. Investigación metodológica, Madrid, Gredos, 1976.

2 La struttura assente, Milano, Bompiani. Trad. esp. La estructura ausente, Barcelona, Lumen, 1972.

3 Roman Jakobson, Paris, Bertrand-Lacoste, 1993.

4 Sprachtheorie. Die Darstellungsfunktion der Sprache, Jena, Fischer. Trad. esp.Teoría del lenguaje, Madrid, Revista de Occidente, 1973. En su artículo de 1960, Roman Jakobson se refiere al texto un poco anterior, “ Die Axiomatik der Sprachwissenschaft ”, Kant-Studien 38, 19-90 (Berlin, 1933).

5 Précis de sémiotique générale, Bruxelles, De Boeck Université, 1996.

6 Lubomir DoleQel, “ Semiótica de la comunicación literaria ”, in Jesús G. Maestro (compil.), Nuevas perspectivas en semiología literaria, “ Lecturas ”, Arco/Libros, Madrid, 2002, págs. 173-218 (artículo in inglés parecido enStrumenti Critici, 1, 1986, págs. 5-48).

7 Quiero recordar que, en esta ponencia terminal y conclusiva del coloquio de Bloomington, Roman Jakobson contestaba la pregunta : ¿Cómo un mensaje verbal se transforma en obra de arte? Así, en un texto de treinta y nueve páginas, las otras funciones ocupan sólo seis, y las otras semióticas aparecen muy poco, indirectamente.

8 Todo lo que no pertenece a la segmentación monemática o fonemática puede ser dicho prosodico, de tal manera que el termino americano “ suprasegmental ” conviene, dice André Martinet (A functional view of language, Oxford, Clarendon, 1962, trad. fr. Langue et fonction, texto rev., Paris, Gonthier/Denoël, 1969, pág. 47). Al inverso, proponemos llamar prosódicos, en toda semiosis, los rasgos de este tipo.Lubomir 

9 Dole?el, loc. cit., página 177.

10 Lubomir DoleQel, loc. cit., subraya, antes de citar Roman Jakobson (Linguistics and Poetics precisamente), que el filólogo ruso (como decía definirse) “ aceptó el principio bühleriano de la polifuncionalidad jerárquica”. 

11 V. Ivan Darrault-Harris, Jean-Pierre Klein, Pour une psychiatrie de l’ellipse, Paris, PUF (col. Formes sémiotiques), 1993. 

12 Aquí no trabajaremos sobre la distinción “metasemióticas homosemióticas y metasemióticas heterosemióticas ”, aunque sea muy importante, véase Klinkenberg, op. cit., pág. 44.


Michel Costantini 

Catedrático de Semiótica de Artes y Literatura en la Universidad Paris 8 (Vincennes Saint Denis), Francia.