lunes, 7 de marzo de 2011

Un millón seiscientas mil fotografías digitalizadas para el ejercicio de un Comunicador Social-Periodista


La historia revive en imágenes
Julio César Herrera | Las placas de vidrio son verdaderos tesoros que deben manipularse con sumo cuidado, como lo hace Sigifredo Vasco Montoya, integrante del equipo de digitalización.

La historia revive en imágenes

LA BIBLIOTECA PÚBLICA Piloto es la primera en el país con un archivo fotográfico digital que cuenta nuestra historia.
Lilliana Vélez De Restrepo | Medellín | El Colombiano. Publicado el 7 de marzo de 2011
¿Quiere ver cómo construyeron la Catedral Metropolitana, el Túnel de la Quiebra, el ferrocarril de Antioquia o alguna de las represas antioqueñas? Ya no tendrá que buscar los procesos en diversos libros. Ahora solo con un clic podrá gozar con todos los detalles de la historia antioqueña y buena parte del país.

Gracias al trabajo de un equipo interdisciplinario dirigido por Gloria Inés Palomino, la Biblioteca Pública Piloto (BPP) es ahora la única de Colombia y de varios países a la redonda en contar con una biblioteca fotográfica digital.

Han sido diez meses de arduo trabajo, recopilando y clasificando un millón seiscientas mil fotos no solo de Antioquia sino de otras regiones como Bogotá, el Valle del Cauca, Chocó, entre otras, que ahora pueden ser consultadas de forma gratuita por cualquiera que ingrese a la página web de la BPP.

De este total, 18.958 corresponden a Antioquia, incluida la primera foto que se tomó en nuestro departamento en 1848, explica la directora.

"La recuperación de la memoria visual es un patrimonio que ahora está al alcance de todos para contribuir a la construcción de la memoria colectiva, familiar e histórica", precisa Gloria Inés Palomino.

Un logro que nos pone a la altura de bibliotecas como la de la Unesco, el Congreso de Estados Unidos y la Británica. Estas dos últimas brindaron su asesoría para la obra quijotesca que ya está al alcance de todos.

Este gran archivo, que sigue creciendo día a día, no solo registra las grandes obras de infraestructuras, sino también una serie de personajes entre los que puede estar incluso algún antepasado de muchos de nosotros.

Descubra la historia y vívala en detalle, bien sea en el museo o desde la comodidad de su casa a través de la red. 

» Contexto


1. El proceso de digitalización trajo de la mano la creación del que esta semana ya fue catalogado por la Red de Museos de Antioquia como Museo Fotográfico BPP, en el Auditorio Edificio Torre de la Memoria, en la parte posterior de la biblioteca.

2. Éste alberga no solo innumerables fotografías de maestros como Gonzalo Escovar, Fotografía Rodríguez, Jorge Obando y Gabriel Carvajal, entre otros, sino antiguas cámaras y un bello estereoscopio de madera, de 1900, con una fotografía que se le adelantó a la tercera dimensión.

Link de la Biblioteca Pública Piloto para acceder al Patrimonio de Imágenes:

lunes, 28 de febrero de 2011

VERSIÓN 83 DE LOS OSCAR DE LA ACADEMIA USA DE CINE: LOS MEJORES DEL 2011

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El discurso del Rey convenció a la Academia - El Colombiano


Películas nominadas Parte 1


Películas nominadas Parte 2

LOS REPORTEROS Parte 3 de 3

JUEGO DE OJOS
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El reportero tiene una exclusiva. Falta poco para el cierre… ¡y no hay cómo hacerla llegar a la redacción! No hay angustia mayor. La cosa se pone de muerte, como diría la eximia C. M.
Gracias a las telecomunicaciones de hoy esa situación es rara, aunque no imposible, pero en mis lejanos tiempos reporteriles recurríamos a mil y una argucias para garantizar que el trabajo del día llegase a la mesa de redacción o, en situaciones especiales, el escritorio del director. En urgencias no era inusual tocar la primera puerta al paso, exclamar: “¡Soy reportero!”, pedir prestado el teléfono y transmitir la nota ante la admiración de los inquilinos, quienes con frecuencia además producían agua, café o algún refrigerante más fuerte. ¡Helas, quien hiciera eso hoy se expondría a que le dieran con un bate en la cabeza! Pero aquellos eran tiempos heroicos de una feliz inocencia y nuestra profesión tenía un crédito y un respeto que hoy lamentablemente están bastante erosionados.
(Recuerdo una anécdota del sexenio de Echeverría. Siendo yo reportero de Notimex, en el hotel Camino Real el Presidente hizo un pronunciamiento de ocho columnas. Quienes trabajábamos en agencia salimos disparados a pasar el avance. Todos los teléfonos estaban descompuestos, salvo uno, que tuve la fortuna de acaparar. Estaba en espera de que el huesopusiera papel en la máquina, prendiera su cigarrillo y sorbiera su café antes de molestarse en tomar mi nota, cuando un elegante caballero de gentiles maneras se aproximó. “Soy el secretario particular del señor Presidente”, me dijo. “Hay una emergencia y debo pedirle que me ceda el teléfono”. “¡Já!”, pensé para mis adentros. “Este güey es un corresponsal extranjero que me quiere chamaquear, pero se va a joder”. Expresé en voz alta algo más o menos en este tenor y seguí acaparando el aparato. “En verdad lo necesito”, insistió. “El licenciado Echeverría requiere hacer llegar un mensaje urgente”. “¡Síííí, cómo no!”, mascullé. Le di la espalda y procedí a pasar mi nota. De reojo pude ver cómo se retorcía nerviosamente las manos. Cuando terminé, debidamente alargada la conversación nomás pa’dejar en claro quién era el jefe, colgué y volví al acto mientras aquel sujeto, rojo y sudoroso, se precipitaba sobre el auricular. Espero que si Juan José Bremer lee esto, el recuerdo le sea simpático. Yo por mi parte desde entonces le agradezco que no me haya echado encima a los guaruras que atestiguaban incrédulos aquel acto de insolencia reporteril.)
En octubre de 1975, el Rey Hassan II de Marruecos organizó la hoy legendaria “marcha verde” para recuperar el Sahara español. Decenas de corresponsales de todo el mundo se dieron cita en las dunas norafricanas para cubrir el evento que amenazaba desembocar en una guerra. Pese a que los necesitaba para dar a conocer su causa al mundo, el gobierno marroquí ofreció raquíticas facilidades a los periodistas, con quienes tenía una relación de amor-odio: sí, le eran imprescindibles, pero los detestaba por latosos, metiches, irreverentes, provocadores, bebedores y lujuriosos.
El reportero de Excélsior Hugo L. del Río era uno de los enviados especiales, el único mexicano en aquellas tierras. Para transmitir las noticias de la marcha, los ingenieros militares colocaban en determinados trechos una estación de comunicaciones frente a la cual los reporteros debían formarse previo sorteo. Cada uno disponía de tres intentos para conectarse a su periódico o agencia. Si no tenían éxito debían volver a la cola. Quienes lograban un enlace disponían de cinco minutos de transmisión cronometrados por un malhumorado oficial con pistola al cinto.
Hugo, un alto y ancho hombrón que había perdido muchos kilos en el calor del desierto, por fin se encontró frente al aparato. Primer marcado: nada. Segundo marcado: nada. Tercer marcado... ¡aleluya! La comunicación por el cable submarino se da entre ruidos como los de un zoco en día de feria, pero se alcanza a escuchar la voz del hueso de la redacción de Excélsioren el D.F. El reportero grita: “¡Es Hugo del Río, desde Marruecos; tómame la nota!” La respuesta llega entre chisporroteos: “¿Hugo del Río? No está. Anda de enviado especial en Marruecos”. Y cuelga. Las leyes contra la obscenidad impiden que relate lo que sucedió a continuación y lo que Hugo hizo al hueso a su regreso a México.
Vuelvo a la reseña de Los reporteros, el nostálgico texto de Christian Brincourt y Michel Leblanch publicado a fines de los sesenta que recuperé gracias a mi colega Omar Raúl Martínez, director de la Revista Mexicana de Comunicación.
“Michel Leblanc llegó a Skopje hacia las siete del día siguiente de una catástrofe sísmica, después de ocho horas de carretera en un taxi que había alquilado en una calle de Belgrado.
R.T.L. no tenía ninguna información procedente de la ciudad del siniestro. Después de dos o tres horas de deambular entre los escombros, recogió algunas entrevistas que le permitieron redactar unas primeras notas de ambiente.
“Para transmitir por radio Belgrado tenía que recorrer el camino en sentido inverso durante otras ocho horas.
“Quedaba una plaza en un pequeño avión de turismo, pero demasiados periodistas la codiciaban. La suerte designó a Jaques Ourevitch, reportero de Europa n.º 1, que tomó la cinta magnetofónica de Radio Luxemburgo y, muy deportivamente, la expidió por radio a París.
“Después de haber pasado una noche buscando un sistema de transmisión, al amanecer Leblanc descubrió a unos obreros encaramados a unos postes de teléfonos para tender dos hilos. Leblanc subió al poste siguiente; le pasaron los hilos, los colgó, los pasó al siguiente, bajó y se subió a otro poste.
“Al cabo de un rato llegaron ante la derruida central de teléfonos. Leblanc conectó allí los dos hilos. Los yugoslavos, creyendo que era un especialista llegado de Belgrado, le miraban con los ojos desmesuradamente abiertos.
“Acciono la manivela y oigo:“-Aquí Belgrado. 
“-Póngame con Balzac 74-00 
“-Volveré a llamarle.
“Loco de alegría, me siento en la acera con mi grabadora unida al conmutador para poder transmitir por teléfono el reportaje registrado durante la noche. Espero una, dos, tres, cuatro horas.
“Me encuentro en un estado de nervios espantoso. De repente una clavija del conmutador se acciona. Yo había conectado mis audífonos y hablaba por el micro del magnetófono.
“-Le pongo con París –me anuncia la telefonista. 
“-¿Luxemburgo? 
“-Sí. 
“-Buenos días, soy Leblanc; ponme con la redacción, en seguida… 
“-Bueno… 
“-¿Oiga? 
“-Sí, buenos días, soy Michel Leblanc. 
“-¿Cómo? Michel Leblanc no está. Está haciendo un reportaje. 
“Y cuelgan. 
“Nunca pude saber quién cometió semejante error. Pero sí recuerdo lo ridículo de estar sentado en la acera, llorando a lágrima viva, con los nervios destrozados.
Cualquier parecido con el caso de Hugo L. del Río es una feliz coincidencia. Cosas de reporteros. A Leblanc le fue mejor, sin embargo:
“Felizmente, unos minutos más tarde la misma clavija conecta y escuché por mis audífonos:
“-¿Ha terminado ya con París? 
“-No, señorita, la comunicación se ha cortado. Póngame de nuevo con radio Luxemburgo.
“Entonces pude transmitir mi primera crónica desde la destruida Skopje.
“Los mismos servicios de socorro ignoraban que el teléfono había sido reparado. Al día siguiente, el ejército y unas jóvenes voluntarias se ocupaban del teléfono.
“En el curso de otra llamada di nuevamente con la misma telefonista, que me dijo desde su conmutador en París:
“-Señor Leblanc, hable más fuerte. Le oí ayer por la radio: no estaba mal. Pero hay que hablar más fuerte.
“Harold King, uno de los pilares de la agencia Reuter, vivió mucho tiempo en la Unión Soviética. Enviado a Moscú desde 1942, trabajaba en aquella capital durante la guerra.
“Cuando Churchill acudió a entrevistarse con Stalin, el secreto fue celosamente guardado. El embajador de Gran Bretaña tenía que convocar una conferencia de prensa cuando el Premier partiera de Moscú; pero las informaciones no debían salir de la capital soviética mientras Churchill se encontrara al alcance de la Luftwaffe.
“Esperando la luz verde, Harold King había tomado sus propias disposiciones:
“En la oficina de correos de Moscú sólo había dos taquillas. Coloqué a una secretaria delante de cada ventanilla. Las muchachas estaban provistas de gran cantidad de rublos y enviaban complicados telegramas a todas partes del mundo. Cuando veían a alguien de la competencia entrar, expedían otro y pagaban con un billete de mil rublos. Era necesario ir a buscar el cambio. De esta forma la información de Reuter pasó antes de que lo hiciera la de ninguna agencia americana. Me vi obligado a ocultarme y a comer en mi habitación para escapar a la indignación de mis colegas.
“Hay siempre por parte del periodista una cierta participación personal, física y moral. Para algunos, también un compromiso político.
“El flirt constante con la aventura, la continua necesidad de pegarse a la actualidad para palparla de cerca, obliga al reportero a ‘participar’.
“Escuchando los rumores de una revolución, oyendo las declaraciones de los políticos más importantes, siguiendo a los militares en los caminos minados por la guerra, no importa dónde ésta se produzca, en todas partes se produce un torbellino que puede arrastrar al reportero.
“Debe estar en todas partes y verlo todo. Por desgracia está constantemente vigilado y ha de pasar inadvertido.
“El periodista, camaleón del suceso, a fuerza de aproximarse a la actualidad acaba por encontrarse en el interior de ella. Traspasa la barrera y, de simple observador, se convierte en actor.
“Los grandes lugares de la vida y de la muerte tienen nombres: Vietnam, Laos, Biafra, Oriente Próximo, Chad, Praga… Y también imágenes: barro, campos de amapolas, hambre, bombas, odio, la primavera.
“El mundo descubre la realidad de esas guerras, de esas revoluciones o de esas revueltas ante los televisores, en la primera página de los diarios o escuchando los transistores. Y eso gracias a la labor de un puñado de periodistas: los enviados especiales.
“El nombre de Dien-Bien-Fu evoca el final de la Indochina francesa. En aquel infierno murieron demasiados hombres con las armas en la mano. Pocos regresaron.
“En Dien-Bien-Fu los periodistas eran escasos. Entre ellos se contaba Daniel Camus, con 22 años en 1954, voluntario en los paracaidistas y perteneciente al Servicio de Prensa Inter-Armas (S.P.I.). El general De Lattre de Tassigny había creado ese servicio en el seno del Ejército para informar a los periodistas franceses y extranjeros, bloqueados en las grandes ciudades como Hanoi o Saigón.
“Camus pertenecía, pues, a la sección de fotografía del S.P.I. Una mañana de abril de 1954, en Hanoi, se enteró de que tenía que lanzarse en paracaídas sobre Dien-Bien-Fu en compañía del cineasta Lebon y del fotógrafo Martinoff, ambos también del S.P.I.
“Aunque soldados rasos, los tres hombres eran considerados corresponsales de guerra. Iban equipados como los militares, con uniforme de jungla, equipo y casco; pero no pertenecían a ninguna arma y no les distinguía insignia alguna.
“En sus mochilas llevaban dos Leicas y dos Rolleiflex. Lebon saltaría con su cámara...
Los reporteros cayeron en medio de una batalla. Martinoff perdió la vida casi al tocar tierra. Lebon fue herido en una pierna. Camus logró arrastrarlo a una trinchera en donde un médico militar le amputó la extremidad para salvarle la vida.
“Un periodista –decía Raymond Castans, el director de Paris-Match- es un hombre a quien todo debe interesarle. Ha de verlo todo, leerlo todo y tener la noción de lo que el público espera. O sea el sentido del ritmo, de la imagen, de la información. Yo no creo en absoluto en las Escuelas de Periodismo. La formación profesional de los periodistas no existe. Existe, sí, en la Sorbona, cursando estudios de Filosofía, de Derecho, de Ciencias Humanas… Lo demás se aprende con la práctica. Hay que ir a la escuela de la calle y de las redacciones.
“De hecho, el reportero vive como un millonario, pero nunca tiene un céntimo. Atraviesa todo el mundo con el dinero de los demás y se hospeda en los mejores hoteles para codearse con el mayor número de personas importantes.
“Sus obsesiones son la información, el reportaje, los medios de transmisión con su redacción y… el comprobante de gastos.”

Miguel Ángel Sanchez de Armas 
Profesor - investigador en el Departamento de Ciencias de la Comunicación de la UPAEP Puebla.

LOS REPORTEROS Parte 2 de 3

JUEGO DE OJOS
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Una “Contracolumna” de Luis Gutiérrez en recuerdo de Pedro José Alisedo hace un par de años en Punto y aparte, me conmovió. El tono y el contenido del texto de Luis me recordaron que en nuestro oficio la palabra está por encima del dolor. Sin mitigar la tristeza por la muerte del amigo, el periodista consigna el hecho para evitar que el silencio ensombrezca aún más la pérdida. Es el canon de nuestra profesión.
Dijo Luis:
“Cuando pergeño estas líneas advierto que constituyen también un apretado recuerdo de quienes, maestros y amigos, enriquecieron con sus enseñanzas, su amistad generosa y su calidad humana, aquellos años de mi vida: don Martín, Gondi, Othón, Nacho Ramírez, Arias Barraza. Y ahora Pedro. Estas remembranzas me emocionan y me inquietan.” Luis traduce mi sentir cuando pienso en Oscar Hinojosa, en Luis Suárez o en Manuel Buendía.
Un oficio exige herramientas. La palabra es la única que tenemos los periodistas. La llevamos a flor de piel y echamos mano de ella para describir el mundo a nuestros semejantes. Un verdadero reportero es aquél que en el momento de su muerte lamenta que ya no podrá compartir algo nuevo que ha descubierto.
Por ello es bueno que de tarde en tarde seamos nosotros objeto de crónicas y reportajes. Hawkings dice que no hay mayor placer para un físico que aplicar la mecánica cuántica para desvelar los secretos del universo. Lo mismo en el oficio nuestro: bien empleada la palabra que revela lo que se oculta tras la nota de ocho, el reportaje de primera, la crónica premiada o el artículo seriado.
Mi primera lectura de Los reporteros de Christian Brincourt y Michel Leblanch allá por 1972 fue una influencia seminal que se tradujo unos años después en el nacimiento de la Revista Mexicana de Comunicación y libros como De reporteros, coeditado con Omar Raúl Martínez, a quien debo la recuperación de aquél texto espléndido.
Las hazañas que consignan Brincourt y Leblanch fueron apasionantes para mi generación por su contenido mismo y porque las pudimos contrastar con las de colegas nuestros de carne y hueso: Jorge Téllez, El Güero, disfrazado de enfermero para entrar al quirófano en donde agonizaba León Trotsky; Luis Spota en chaleco de camarero sobrescuchando la plática de políticos en el bar del hotel Regis; Natividad Rosales vestido de huichol; Ramírez de Aguilar preso en una cárcel de Chilpancingo para estar cerca de un militar perseguido.
El periodismo mexicano está lleno de hazañas dignas de contarse. Regino Hernández Llergo con Villa; su sobrino Pagés con Mussolini y Hitler; Jesús Blancornelas con Aburto; Raymundo Rivapalacio en Irak... historias que aguardan ser recogidas entre portadas. De reporteros fue, creo, un buen intento. Se necesitan más. Pero mientras aparecen esas reseñas, regresemos al testimonio de Brincourt y Leblanch:
“La exclusiva marca la consagración del reportaje. Tener una exclusiva significa poseer en privilegio una información, o sea haber llegado el primero a algún sitio.
“Todo periodista se fija una regla de oro: debe luchar sin tregua, contra todo el mundo, especialmente contra sus propios colegas, aunque sean amigos.
“Lucien Bodard, gran reportero de France-Soir, engañó de la manera que sigue a Max Clos, gran reportero de Le Figaro que trabajaba entonces en el diario Le Monde.
“Después de la caída de Dien Bien Phu, el general Salan emprendió una gira de inspección por Indochina. Redactó un informe que se convertiría más tarde en el “caso de las filtraciones”, y convocó a dos periodistas, Bodard y Clos.
“En presencia de ellos, Salan hizo alusiones a ciertos pasajes del informe pero… ‘Naturalmente, esto no hay que repetirlo’.
“Después de haberse despedido de su interlocutor, Lucien Bodard empezó a dudar: el general Salan no era amigo de la cháchara. ‘Si ha convocado a los dos reporteros es porque desea oficialmente que este informe se conozca’, se dijo. Bodard se sienta delante de su máquina de escribir y comienza un artículo. En la habitación vecina, Max Clos oye el tecleo. Entreabre la puerta.
“-¿Qué haces?
“-Nada, una tontería… 
“-¡No metas la pata, no te vayas de la lengua! 
“-No te preocupes.
“Al día siguiente, aparecían ocho columnas en France-Soir y ninguna enLe Monde.”
Esta anécdota me recuerda lo que una vez me dijo Julio Scherer: “Nunca permita que le digan algo que no pueda publicar. El off the record no existe”.
Conozco casos extremos: el reportero Miguel Ángel Velázquez, hoy viejo redactor de La Jornada, se enteró de una información importante por la indiscreción de un político. Cuando éste se percató de su metida de pata intentó manipular a Miguel Ángel: “Como caballero, usted no utilizará lo que le acabo de decir...” A lo que el reportero respondió: “¿Y quién le dijo que soy un caballero? ¡Yo soy un patán!” Al día siguiente firmaba las ocho columnas en su diario. Dejo al lector que adivine con qué sobrenombre se conoce a mi tocayo desde entonces.
De regreso a Brincourt y Leblanch:
“Para obtener una exclusiva hay un sólo secreto: encontrarse en el sitio preciso, en el momento oportuno. El lunes 26 de marzo de 1962, ocho días después del alto el fuego que siguió a los acuerdos de Evian, un grupo de periodistas se encontraba almorzando en el primer piso del Hotel Alberto I, en Argel. A lo largo de una semana habían asistido a todo el proceso que precede y acompaña a una descolonización. El poder establecido se va, mientras que el poder interino no acaba de ocupar todos los puestos. Sólo el ejército francés estaba en su puesto.
“Bad-el-Oued se había declarado ciudad insurrecta. El ejército la bloquea. Para romper este bloqueo, la O.A.S. organiza una manifestación pacífica con objeto de que los distritos residenciales converjan hacia Bab-el-Oued.
“A las 14:30 horas, los periodistas que almorzaban en el Alberto I escuchan los primeros ecos de la manifestación.
“Los manifestantes siguen la Rue d’Isly y pasan por delante de la oficina central de Correos. En todo Argel se habían alzado barreras de C.R.S., pero en la Rue d’Isly el dispositivo comprendía, además, unos pelotones de tiradores argelinos que volvían de las zonas de lucha y a los que se había comunicado la noticia de la independencia. Estaban al mando de un teniente kabila, que había recibido la orden de montar una barrera a las 15:30 horas.
“Los manifestantes, para engañar a la policía, llegaron con una hora de antelación, ondeando banderas tricolores.
“El grupo de antiguos combatientes, de mujeres y niños, se dirige al teniente:
“-Usted, como francés que es, debe dejarnos pasar.
“La barrera de caballos de Frisia debía cortar la Rue d’Isly, en la zona de la oficina central de correos; pero a las 14:30, la barrera aún estaba abierta.
“Un poco más lejos, en la esquina del Boulevard Pasteur, en el chaflán de la Rue de Chanzy, algunos hombres estaban apostados con un fusil ametrallador. Los primeros manifestantes franquean la barrera y desembocan en la Rue d’Isly, en dirección a Bab-el-Oued.
“René Duval, periodista francés de nacionalidad belga, trabajaba entonces en Europa n.º 1 y para la Radio Televisión Belga.
“Duval había enviado a su camarógrafo en seguimiento de los primeros manifestantes, mientras que él en persona se acercaba al teniente kabila: ‘Me quedé allí porque en aquella serie de acontecimientos era necesario elegir. Pensé que era un buen lugar para un trabajo fotográfico’.
“A las quince horas, el teniente recibe órdenes por radio de cerrar el dispositivo. Ordena colocar los caballos de Frisia a través de la Rue d’Isly. La manifestación queda cortada en dos.
“El teniente se excita, farfulla unas palabras. En este clima de nerviosismo oigo dos disparos de revólver, en la misma Rue d’Isly, a mis espaldas.
“Como si se tratara de una señal, el tirador argelino apostado en la esquina del Boulevard Pasteur aprieta el gatillo del fusil ametralladora y dispara contra la multitud, hiriendo incluso a un soldado de su compañía.
“Nos lanzamos todos a tierra, nos pegamos al suelo. El teniente repliega a sus hombres en el portal de una farmacia.
“Sólo se me ocurre una cosa: correr en dirección a nuestra oficina, que está muy cerca, en el Boulevard Pasteur; pero un hombre me agarra y me tira al suelo. Me ha salvado la vida, porque una ráfaga nos pasa por encima, rasante.
“Alguien me tira de las piernas para meterme en un portal. Mi máquina y mi magnetófono quedan en la acera. Arrastrándome, recupero la cámara; pero un soldado tira de mi magnetófono por la correa. Comienzo a grabar. Es un reflejo.
“La descarga de fusilería dura apenas seis minutos. Para mí, un siglo.
“Entre aquel alboroto, nadie oye al teniente gritar dos o tres veces: ‘Alto el fuego’. Pero el magnetófono lo registra.
“Hay 57 muertos y 150 heridos.
“Más tarde, mucho más tarde, escuchando la cinta magnetofónica con Julien Besançon y otros periodistas, me di cuenta de que poseía el gran documento de la jornada: ése ‘Alto el fuego’ que nadie oyó y que hubiera debido evitar la matanza”.
Compare el lector este hecho con los sucesos de poco más de seis años después, el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas en México. ¿Suena conocido?
¡Estar en el lugar preciso en el momento oportuno! A veces sucede incluso a pesar del periodista. Recuerdo el caso de un redactor de guardia enExcelsior allá por el 74 o el 75. De madrugada, a punto de cerrar la edición y anticipando botanas y tragos en “La Mundial”, le avisan que en la recepción unos campesinos quieren ser escuchados. ¡Unos campesinos! El joven finge demencia y sólo la instrucción del secretario de redacción logra levantarlo de su escritorio. Vuelve unos minutos después y vive la experiencia, reservada a unos cuantos privilegiados, de gritar: “¡Paren las prensas!”. En su libreta lleva la exclusiva del asesinato de Lucio Cabañas.
En otra oportunidad, también por aquellos años, los reporteros Miguel Ángel Rivera y Roberto Vizcaíno, entonces irredentos calaveras, acudieron sin chistar, pero bajo protesta, a cubrir una sosa conferencia agronómica por órdenes del feroz jefe de información que los tenía en la mira. Se aparece el Secretario de Agricultura y Ganadería del echeverriato. A los reporteros lo único que se les ocurre preguntar es: “¿Para qué está organizado el ejido, señor Secretario?”
Al día siguiente las ocho columnas del diario de la vida nacional leían: “El ejido, organizado para votar, no para producir”. Y ardió Troya.
Aquel secretario vive hoy en Tlapacoyan, un pueblo seductor de Veracruz. En una comida a orillas del río hace unos meses le recordé la anécdota, que yo mismo presencié como jefe de prensa de aquel evento. Estalló en carcajadas. Desde Nigeria, en donde andaba de gira, el Presidente Echeverría se comunicó por teléfono con su secretario. Y lo que dijo… bueno, de eso no estoy autorizado para hablar.

Miguel Ángel Sanchez de Armas 
Profesor - investigador en el Departamento de Ciencias de la Comunicación de la UPAEP Puebla.