lunes, 13 de junio de 2011

La toxicomanía como un asunto de conciencia

Carta al Señor legislador
de la Ley de Estupefacientes

Por Antonin Artaud

Antonin Artaud: Padre del Teatro de la crueldad
Señor legislador: 


Señor legislador de la ley de 1916, aceptada por el decreto de julio de 1917 sobre estupefacientes, eres un cretino.

Tu ley no sirve más que para fastidiar la farmacia mundial sin beneficio para el nivel toxicómano de la nación, porque

1º El número de toxicómanos que se aprovisionan en las farmacias es mínimo.

2º Los verdaderos toxicómanos no se aprovisionan en las farmacias.

3º Los toxicómanos que se aprovisionan en las farmacias son todos enfermos.

4º El número de toxicómanos enfermos es mínimo comparado con el de toxicómanos por placer.

5º Las restricciones farmacéuticas de la droga no molestarán jamás a los toxicómanos voluptuosos y organizados.

7º Siempre habrá toxicómanos por vicio de forma, por pasión.

8º Los toxicómanos enfermos tienen sobre la sociedad un derecho imperecedero, que se les deje en paz.

Es, sobre todo, una cuestión de conciencia.

La ley de estupefacientes pone en manos del inspector-usurpador de la salud pública el derecho de disponer del dolor de los hombres; es una pretensión singular de la medicina moderna el querer dictar sus reglas a la conciencia de cada uno. Todos los balidos de la carta oficial no tienen poder de acción frente a este acto de conciencia: más aun que la muerte, yo soy el dueño de mi dolor. Todo hombre es juez, y juez exclusivo, de la cantidad de dolor físico, y de la vacuidad mental que pueda soportar honestamente.

Lucidez o inlucidez, hay una lucidez que ninguna enfermedad podrá quitarme, es la que me dicta el sentimiento de mi vida física. Y si yo he perdido mi lucidez, la medicina no tiene otra cosa que hacer más que darme las sustancias que me permiten recuperar el uso de esa lucidez.

Señores dictadores de la escuela farmacéutica de Francia, sois unos pedantes roñosos; hay una cosa que debería medir mejor: que el opio es esa imprescindible e imperiosa sustancia que devuelve a la vida de su alma a quienes tuvieron la desgracia de perderla.

Hay un mal contra el cual el opio es soberano, y ese mal se llama Angustia, en su forma mental, médica, psicológica, lógica o farmacéutica, como quieran.
La Angustia que hace locos.
La Angustia que hace suicidas.
La Angustia que hace condenados.
La Angustia que la medicina no conoce.
La Angustia que vuestro doctor no comprende.
La Angustia que lesiona la vida.
La Angustia que rompe el cordón umbilical de la vida.
Por vuestra inicua ley ponéis en manos de personas irresponsables, cretinos en medicina, farmacéuticos cochinos, jueces fraudulentos, doctores, comadronas, inspectores-doctorales, el derecho a disponer de mi angustia que es tan aguda como las agujas de todas las brújulas del infierno.

Temblores del cuerpo o del alma, no existe sismógrafo humano que permita llegar a una evaluación de mi dolor con precisión, que aquella, fulminante, de mi espíritu.

Toda la azarosa ciencia de los hombres no es superior al conocimiento inmediato que puedo tener de mi ser: Yo soy el único juez de lo que está en mí.

Volved a vuestros graneros, médicos hediondos, y tú también, Señor Legislador Moutonnier, que no deliras por amor a los hombres, sino por tradición de imbecilidad. Tu ignorancia de lo que es un hombre, sólo es igual a tu estupidez al pretender limitarlo. Yo te deseo que tu ley recaiga sobre tu padre, tu madre, tu mujer y tus hijos, y toda tu posteridad. Y ahora me trago tu ley.

Teatro de la crueldad 

"El individuo vive su agonía, se ha industrializado su existencia".

La nueva esclavitud
Por Gonzalo Márquez

Gonzalo Márquez Cristo: Poeta y escritor
Hemos construido una civilización a la medida de nuestras pesadillas. Mientras el 40% de los habitantes del planeta vive en la miseria y nuestras convicciones han sido planificadas desde los núcleos de poder, somos castigados sistemáticamente por una culpa que no hemos cometido, y como si fuera poco, sabemos que el Gran Hermano vislumbrado por Orwell en su novela 1984 no cesa de vigilarnos.

Kafka, el gran cronista de la contemporaneidad, nos había prevenido de la opción de convertirnos en abyectos insectos, y de la aún más terrible posibilidad de ser condenados por un crimen jamás cometido, pero poco dijo de la tiranía de las “verdades” impuestas.

Nuestro tiempo se ha caracterizado por instaurar formas de dominio más sutiles y opresiones más patéticas que aquellas que campeaban en siglos anteriores; pues es evidente que los esclavos de la antigüedad conocían su ignominioso destino, mientras que los de la contemporaneidad ignoran su condición ultrajante. Una extraña venda se ha posado sobre nuestros ojos. “¿Qué nos está pasando ahora?”, dijo Kant en 1784; pregunta hoy más necesaria que nunca.

Los monopolios de la imaginación con sus industriosas trampas sensibles han decidido nuestra ingenua confianza en sus “verdades” diseñadas. El Soma del que habla Huxley en Un mundo feliz, es dosificado a nivel planetario irradiando su amnesia, mediante una nueva taumaturgia.

No sólo los trabajadores sufren una esclavitud manifiesta, atemorizados por poderes hiperreales y por discursos excluyentes. Ni los desempleados o las víctimas que impone la sociedad para hacer creíble la ilusión que la sustenta. Pues si existe el memoricidio, si una estrategia a-crítica es generalizada y producida por el enjambre mediático, si nuestra mente es el blanco de una cultura que propone un diluvio de imágenes que impide ver el horizonte, es sin embargo necesario afirmar que el olvido no es feliz como se insinúa en la novela de Huxley, pues esta desmemoria que hemos construido incuba una devastación interior nunca deleitosa.

No deja de ser contradictorio que la civilización que más ha impulsado la individualidad en la Tierra, con sus hordas de nuevos esclavos que jamás serán libres porque hilos secretos controlan sus banales deseos, sea la que esté poniendo en crisis al individuo, borrando sus fronteras, haciendo desaparecer su rostro lustral.

El individuo vive su agonía, se ha industrializado su existencia. Todos los habitantes del planeta deben pensar aquello que deciden las multinacionales televisivas y los periódicos más influyentes. Todos debemos viajar a los mismos lugares y vestirnos según la imposición de los centros de dominio, prescindiendo de la comida lenta y de las bebidas proscritas por el espejismo publicitario. Todos debemos escuchar la misma música inocua y celebrar su arte domeñado, apreciando cómo las generaciones más jóvenes, ni siquiera se plantean la opción inversa, un salto fuera de su sombra, un interregno de rebeldía. Hemos exilado a Prometeo.

La nueva esclavitud extiende sus dominios. La publicidad ha demostrado ser uno de los medios de dominación más sutiles y peligrosos. La televisión, y todo aquello que comienza como un milagro, ha terminado por imponer sus entorpecedores grillos, y la hemos visto desgastar el asombro. La información nos ha incomunicado, y es así como nadie recuerda los eventos trascendentes, nadie vislumbra lo que ocurre tras las bambalinas del hecho histórico, y por eso hemos quedado indemnes, sin armas eficaces para contener el advenimiento de los nuevos inquisidores.

Un unanimismo se cierne en el horizonte y parece no dar tregua. Vivimos la Edad del Cíclope. No deja de ser temerario que en esta Era de gran pobreza humanística todos nos hayamos convertido en Nadie, pero al contrario del episodio Homérico: ninguna argucia nos hará contener la proliferación de los seres de un solo ojo.

Vivimos un tiempo desintegrador. El comercio de la “verdad” es degradante. Hemos llegado a un punto de servidumbre en el cual la única libertad de prensa estaría en la abolición de los grandes medios que tantas veces determinan el rumbo de los países, la libertad de credo en suprimir las terribles religiones del Libro, la libertad sexual en abolir la pornografía hasta en sus más sutiles representaciones, y la libertad política tan sólo podría hallarse suprimiendo esa mentira que llaman democracia. Fuimos conducidos al límite.

Sin embargo el engranaje del poder es insaciable, y como lo soñó el visionario Charles Chaplin, todos seremos devorados por las máquinas y peor aún por las pantallas, por sus tornasoladas fauces, y por un discurso que se podría denominar “cautivo”. La contienda por la verdad ya no es teológica sino que corresponde a esos dioses de paso, a esas deidades efímeras que son las actrices, los deportistas o los cantantes de rock, y a los tiranos, que como Narciso, naufragan en su lago, pero muy lentamente, porque ésta vez no se ahogan en pozos de agua sino de cristal líquido.

En tanto, el espíritu religioso –ese experto en exterminios–, continuará afilando sus armas desde los órdenes políticos para que sus adeptos sigan atemorizando el planeta, pero esta vez operan sigilosos. La Nueva Inquisición no necesita de los monjes Sprenger y Kramer ni de su Malleus maleficiarum, (Martillo de las brujas) y ni siquiera de los artificios que emprendían los verdugos para la imposición de la hoguera respaldados en su ruin tráfico con la verdad, pues hoy tan sólo necesita de la contundencia mediática y de una palabra: “terrorismo”, la que desde el 2001 legitimó todas las atrocidades en su desbandada patológica.

Estamos en el tiempo en el cual somos condenados sin pruebas, ejecutados sin juicio y sabemos que será muy difícil retomar el rumbo que nos lleve a destruir esta nueva esclavitud que se extiende en todo el planeta, y que debemos inventar algo en las esferas de la imaginación y del lenguaje para impedir la marcha de los nuevos e invisibles inquisidores que avanzan inexorablemente hacia nosotros. Y quizá la única posibilidad que tenemos, como lo afirmó Foucault, será la de forjar un nuevo régimen de producción de la verdad, pues sólo desprendiendo la verdad que sustenta las formas de dominación usuales podremos denunciar el engaño generalizado. La sociedad es un acervo de fuerzas legitimadas por seductoras creencias, por certidumbres que casi siempre tiranizan y esconden una cruel farsa, y se hace imperativo urdir una estrategia que culmine en su develación.

Pero mientras tanto, veremos con Nietzsche, crecer los desiertos.

Tomado del: Blog "Temas de nuestro tiempo". Consultado el: Lunes,  13 de junio de 2011. Hora: 20:43. <http://temasdenuestrotiempo.blogspot.com/>

Problemáticas de este momento: La droga y su legalización

La droga y lo divino - Legalización
Por Gonzalo Márquez Cristo
(E-mail: comunpresencia@yahoo.com)
Poeta y escritor colombiano, Gonzalo Márquez Cristo 
«Oh justo, sutil y poderoso opio!... ¡Sólo tú proporcionas al hombre esos tesoros, tú posees las llaves del paraíso!», había exclamado Thomas De Quincey –mucho antes, como se supondrá–, de la visión policiva impuesta contra la droga por los Estados Unidos, donde impera como siempre una doble moral y un trasunto económico.
Que el paraíso se encuentre en la droga como lo propone De Quincey en el párrafo antes citado (Confesiones de un inglés comedor de opio, 1822), o que el etnólogo George Dumézil haya pensado que todas las religiones son producto del efecto de los alucinógenos por parte del hombre primitivo, y que, aún más, un genio como Robert Graves –quien era considerado sabio incluso por Borges– reflexionara en el mismo sentido, hasta llegar a concluir, en El segundo nacimiento de Dionisos, que del consumo del bello hongo rojo de puntos blancos (Amanita muscaria) usado como decoración navideña en todo Occidente, derivan las visiones celestes de todas las religiones, no deja de ser asombroso; pero sí es increíble pensar que esta fuente germinal de paraísos se haya convertido en uno de los más abyectos y rentables negocios que ha inventado la contemporaneidad.
Es conocido por todos que la matemática de este comercio siniestro deja su saldo en rojo en los países productores, peyorativamente llamados del tercer mundo, que en verdad cada vez están más cerca del otro mundo, o del inframundo para ser explícitos, como pretende la voraz política de naciones imperantes en el globo.
Según la OMS (2002), un 12% de los fallecimientos que suceden cada año en Europa se deben a sustancias autorizadas (el 8,8 por ciento al tabaco y el 3,2 por ciento al alcohol), frente a sólo un 0,4 por ciento ocasionado por las ilegales:cannabis, anfetaminas (incluido el éxtasis), cocaína, opiáceos, etc. De los 27.829 homicidios registrados en Colombia durante el año 2002, se cree que el 34% fueron crímenes derivados del narcotráfico (aproximadamente 9.000) y se encuentran más de 15.000 colombianos detenidos en el exterior por esta misma causa; mientras en el México colombianizado, durante el año 2006 (datos CIDE), ocurrieron 2.000 muertes derivadas de las pugnas entre los Carteles; sin embargo las provocadas por sobredosis no sobrepasan en cada país el centenar.
La diferencia es gigantesca, y como es lógico, la cuantiosa cifra de las personas asesinadas por las mafias no puede compararse con la de las víctimas de sobredosis de alguna de estas drogas que por ignorancia son llamadas estupefacientes (sustancia que hace perder la sensibilidad), o narcóticos (otro equívoco de la legislación policiva pues el término alude a una sustancia que adormece; y quienes conocen la cocaína hallarán de inmediato la contradicción). Es conocido también que el 84% del dinero de la cadena del narcotráfico se queda en Estados Unidos o los países europeos y sólo el 16% llega a los territorios productores como Colombia, para fortalecer allá la economía de los países consumidores, y aquí a las pequeñas hordas detraqueteros y otros seres de costumbres estridentes y delictivas; además –es necesario decirlo–, de financiar a paramilitares que han decidido que nuestros ríos sean sólo navegables para los cadáveres; y a los guerrilleros que sueñan todavía con minar la estructura del imperio norteamericano con la mejor cocaína del mundo. Sobra agregar que esta ola de sangre no puede ser detenida mientras existan intereses económicos protegidos por legislaciones de doble moral, y mientras el precio de un gramo de cocaína en Colombia se multiplique por 40 en Estados Unidos y por 300 en Nueva Zelanda. A juzgar por las estadísticas, el dinero –y su ambición– será siempre más criminal que el poder originalmente sagrado de estas sustancias psicoactivas.
Que las plantas otrora sagradas (hongos, canabis, peyote, opio, datura, yagé, ololiuqui, sanpedro, coca…) con las cuales el hombre se comunicaba casi telefónicamente con los dioses, con el poderoso y fascinante argumento de que el cambio del ángulo de percepción es definitivo para la sabiduría, se hayan convertido en el vil comercio propiciador de desconocimiento y rapacidad, planteado al comienzo, no puede sorprendernos; pero sí el hecho de que éste vehículo cuya existencia es tan antigua como la cultura, y más que eso, clave de ese descubrimiento del más allá que fundó para muchos investigadores el espíritu religioso y la trascendencia artística, se haya convertido en la clave sustentadora de la novela negra que parece ser hoy por hoy nuestra sociedad.
Es sabido que los dioses se convierten en demonios, y que las deidades del opio, del teonánacatl o de la coca, son creaturas proscritas, pero debemos recordar que durante la década del cincuenta, en forma consecuente, algunos quisieron recobrar la fuente primitiva de este diálogo divino, guiados por los grandes poetas: Gautier, Baudelaire, Rimbaud, Michaux; por los escritores norteamericanos Edgar Allan Poe, y por supuesto por Aldous Huxley, quien había dicho genialmente a partir de su experiencia con la mezcalina: «Si las puertas de la percepción quedaran depuradas, todo se habría de mostrar al hombre tal cual es: infinito».
Jünger, Benjamín, Cocteau, Burroughs, Malraux, serían sólo algunos de los numerosos artistas que emprenderían sus ceremonias de conocimiento. Pero las drogas de este nuevo milenio han prescindido de sus ritos y al parecer hemos echado cerrojos en todas las puertas posibles para encontrar el paraíso. Lo que era sagrado se ha convertido en una cruenta fórmula de usura o en un simple pasatiempo. Los rituales fueron arrasados. Y aunque el hombre intentará escapar –como lo ha hecho desde siempre–, encontrar el olvido o simplemente percibir de otra forma, mucho más reveladora quizá –desarreglando los sentidos como decía Rimbaud–, la cultura del lucro se sigue imponiendo con su incesante río de sangre.
Por eso cada vez es más urgente recordar las categóricas palabras con las cuales el poeta mexicano Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura, en una entrevista que realizáramos para la revista Común Presencia en 1992, se declaraba a favor de la legalización de la droga:
«Ustedes los colombianos no han podido escapar a la violencia de su país... Conozco en parte las caras de esa desgarradura, la del narcotráfico, la del hambre y las desigualdades sociales, la de los grupos paramilitares... Pero lo que más me produce desolación es la debilidad política de nuestros gobernantes. Sin duda, lo único que puede suprimir esa violencia decretada por el tráfico de drogas es su legalización. Algunas veces lo he dicho públicamente... Y me parece increíble que los artistas más reconocidos de Latinoamérica no presenten enfáticamente la necesidad de la legalización. ¿Por qué los escritores no se comprometen contra una historia que debe ser desviada? Por favor digan esto allá, es importante que lo digan en su país y en todas partes: yo me pronuncio a favor de la legalización de la droga, y espero que esto sirva de algo. Ojalá fuese un punto de partida para el diálogo, y para hallar un dique contra ese río de sangre que los azota, y que nos fustiga también a los mexicanos».
No es necesario agregar más. Es importante que entrado el siglo XXI se reviva el debate, que no caigamos en el artilugio de despenalizar legalizar,que recordemos que para la fundación de la cultura fue esencial el conocimiento de estas mágicas sustancias que la modernidad ha des-ritualizado, que tenían connotaciones místicas y proféticas, que hacían parte de ceremonias de alianza divina, y por eso nos parece legítimo exigir que el control sobre la droga lo ejerzan las instituciones médicas y no las mafias y la policía corrupta, porque como diría José Saramago, ya es tiempo de esforzarnos por legalizar la droga, aunque primero –lo cual es incuestionable– debamos esforzarnos por legalizar el pan.

(El artículo escrito por el poeta colombiano Gonzalo Márquez fue tomado del Periódico Virtual Con-Fabulación, al cual agradecemos esta publicación).

Docencia acrítica al servicio de presupuestos globalizadores

Los baby teachers: 
hijos del neoliberalismo

Carlos Fajardo Fajardo*
Poeta, ensayista y catedrático colombiano 

Carlos Fajardo Fajardo
Profesor Universidad de La Salle, Bogotá
Hijos del neoliberalismo –en realidad neoconservadores– han sido educados para obedecer, aceptar y aplicar las ordenanzas de un capitalismo mordaz. Alabar y no rechazar son sus slogans. Con tales actitudes aspiran a fortalecer los regímenes antes que a mostrar sus debilidades. Son los nuevos técnicos del pensamiento. Alfabetizados en las tecnologías, han hecho de éstas un tótem supremo desde las cuales creen conocer en profundidad el mundo, la realidad del mismo. Despolitizados, desocializados, individualistas y tecnócratas, se estremecen ante la palabra confrontación. Seguidores del pensamiento utensiliar, son monaguillos que vuelven culto los reglamentos autoritarios de la educación.

Son los baby teacher de las universidades: eficaces, eficientes, autómatas bilingües, “todo terreno”, choferes de las tecnologías. Gestionan sin queja la dictadura normativa de las llamadas investigaciones universitarias. Hijos del neoliberalismo, baby teacher de las instituciones.

En Colombia existen grandes laboratorios que los producen en serie y se reproducen exponencialmente. Todos han egresado de universidades que les tocó sufrir el azote de la Ley 30, la cual no sólo impulsó una agresiva privatización, sino que las ahogó en su misma sustancia al obligarlas a llevar un plan acelerado de acreditación acorde a las exigencias del mercado global. Como consecuencia, se desmontaron currículos, se ajustaron los planes de estudio a nefastos objetivos y se desterró todo proyecto de una pedagogía crítica y renovadora.

En varios aspectos, los discursos doctrinales, religiosos, moralistas y políticos de esta primera década del siglo XXI, se asemejan a los de la llamada Regeneración de la República Conservadora impuesta en el país desde 1880 hasta 1930: servidumbre hacendaria y partidista, maniqueísmos religiosos y morales, conservadurismo, ideología imperial y papal, controles a la educación, censura camuflada, obstáculos a la modernidad crítico-creativa, centralismo intelectual, rechazo a la autonomía del intelectual disidente.

Todas las pocas conquistas de autonomía universitaria, docente, estudiantil, e intelectual lograda en los años sesenta hasta mediados de los ochenta, fueron diluyéndose y cambiándose por una adaptación servicial e integrada al “nuevo orden global”. La consolidación de la economía de mercado, del poder de los medios masivos de comunicación, de las tecnologías digitales, la urbanización e inmigración masiva, la privatización en serie y en serio, la banalización de la cultura, son algunos contextos sobre los cuales se desarrolló y se llevó a cabo el pensamiento neo-conservador de última hora.

Como consecuencias observamos el paso de los intelectuales críticos a los baby teacher “todo terreno”, adaptados al son que les toquen. Desde aproximadamente 1990 un cambio radical ha impactado en las estructuras universitarias. Todos sus estamentos han sido lentamente transformados.

El neoliberalismo atrapó las libertades colectivas e individuales que todavía eran posibles en las instituciones tanto públicas como privadas. Así, los profesores, estudiantes e intelectuales entraron a un espacio de mayor control. Se impuso un lenguaje administrativo y ecónomo.

Con ello se pasó de una activa reflexión a la sumisión de la gestión. Entonces, conceptos tales como, eficiencia, eficacia, competitividad, flexibilización, administración e insumos, entraron a formar parte del lenguaje en los ámbitos educativos.

Como resultado tenemos un nuevo tipo de intelectual: el docente eficiente con lenguaje ecónomo. El denominado “relevo generacional”, es decir, jóvenes profesores que reemplazan a los viejos intelectuales de vanguardia crítica, y el nombramiento de economistas y de administradores en los mandos medios de dirección académica, garantizan las reformas curriculares acorde con las demandas neoliberales. Golpe bajo al trabajo crítico y humanista; ganancia para el trabajo administrativo. Burócratas contra intelectuales.

De manera que la universidad se adapta a las exigencias del mercado edificando el llamado por algunos teóricos “capitalismo académico”: una “universidad emprendedora”, lo que quiere decir subordinada a la mercantilización de sus componentes. El “capitalismo académico”, el cual ha sido impuesto como política central por los países de élite, asume la educación como industria, fábrica, como businnes university.

La universidad queda reducida a un bazar de servicios educativos y de bienes simbólicos y culturales, con clientes y accionistas (los estudiantes), con obreros y asalariados (los profesores), con productos (los resultados de las investigaciones, los saberes y conocimientos) y gerentes ecónomos, administradores (directivas). En este bazar universitario a los logros académicos de los profesores se les evalúa o controla de forma cuantitativa, es decir, por la cantidad de productos de investigación, de publicaciones, de cátedras, de participación en eventos. Al profesorado se le trata como a un insumo, un objeto consumible y consumidor. Las lógicas de la comercialización de la eficacia y de las competencias de rentabilidad dominan el territorio.

¿Dónde queda la autonomía crítica del docente intelectual? Los baby teacher dan la respuesta: son cosas del pasado dicen; peticiones de una historia muerta, enterrada. En su lenguaje dan un no a la memoria y un sí al “ahorismo” consumible, adaptado. La instrucción y formación de docentes que hacen de la tecnocracia algo plenipotenciario, o bien que asumen la modernización tecnológica, impuesta desde arriba, con preocupante ingenuidad, es una de las más grandes heridas en el corazón de la academia. Ante la reflexión se propone la gestión; frente al debate político y cultural se irrumpe con una relajación pragmática; contra una actitud de confrontación y diferencia, se establece una postura de adaptación, aceptación y confort académico.

Es la “mercadización” de lo social, de lo educativo, donde triunfan las dinámicas de lo administrativo, del “gerencialismo”. De esta forma, la paranoia, la autocensura y el conformismo se reivindican en estos escenarios empresariales de hipervigilancia y control competitivo. El ascenso del pensamiento neoconservador y de la globalización económica neoliberal ha contribuido a crear este tipo de docente universitarioadaptado y adaptable. De modo que al joven docente le han otorgado un papel de legitimador político, cultural y moral de los regímenes hegemónicos. Atrás quedaron los tiempos del intelectual disidente, las posiciones libertarias. ¡Oh baby teacher, bienvenidos al futuro!

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* Carlos Fajardo Fajardo. Nació en Santiago de Cali, Colombia. Poeta y ensayista. Filósofo de la Universidad del Cauca. Magíster en Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá y Doctor en Literatura de la UNED (España). Es profesor universitario de estética, historia del arte y literatura en la Universidad de la Salle-Bogotá-. Es cofundador de la Corporación “Si Manaña Despierto”, dedicada a la investigación y creación artística y literaria. Tiene publicadas, entre otras obras, Origen de Silencios. Fundación Banco de Estado, Popayán (1981), Serenidad Sitiada, Si Mañana Despierto Ediciones, Bogotá (1990),Veraneras, premio de poesía Antonio Llanos, Si Mañana Despierto Ediciones, Santafé de Bogotá (1995), Atlas de callejerías. Trilce Editores, Santafé de Bogotá (1997) Charlas a la Intemperie. Universidad INCCA de Colombia, 2000. Estética y posmodernidad. Nuevos contextos y sensibilidades, Editorial Abya-yala, de Quito, Ecuador, 2001,Estética y sensibilidades posmodernas. ITESO, Guadalajara, Méjico, 2005; Tierra de Sol, Premio de poesía Jorge Isaacs, Gobernación del Valle del Cauca, 2003, la antología de su poesía titulada Serenidad Sitiada, Universidad del Valle, 2004; El arte en tiempos de globalización. Nuevas preguntas, otras fronterasUniversidad de la Salle, 2006y varios ensayos en revistas especializadas y diarios nacionales e internacionales. Sus poemas y ensayos han sido traducidos al inglés, italiano, serbio y portugués. Ganador del premio de poesía Antonio Llanos, Santiago de Cali 1991; segundo premio en el Primer Concurso Nacional de Poesía ICFES, 1984; Mención de Honor en el Premio Jorge Isaacs 1996 y 1997; Mención de Honor Premio Ciudad de Bogotá, 1994. El premio de poesía Jorge Isaacs le fue otorgado en diciembre de 2003. E-mail: carlosfajardofajardo@yahoo.com

Biografía Tomado del: Blog Escritores Colombianos. Consultada el Lunes, 13 de junio de 2011. Por Administración Blog redicomuniminuto del Área de lenguaje de la Facultad de comunicaciónSocial-Periodismo de-Uniminuto-Bello.<http://escritorescolombianos.blogspot.com/2006/11/carlos-fajardo-fajardo.html>. ____________________________________________________________________________________

Texto tomado del: boletín Correspondencia #187 del 23 de mayo de 2011 de la Asociación de Profesores de la Universidad de Antioquia.

sábado, 11 de junio de 2011

El Contextualismo y el Principio de la Navaja de Occam Modificada en P. Grice


El contextualismo y P. Grice

(The Contextualism and P. Grice)

Por José E. Chaves *
Universidad de Granada
  
Introducción

En “Contextualism and Anti-contextualism in the Philosophy of language”, (1994), Recanati mantiene que en el debate entre contextualistas y anticontextualistas la balanza se ha inclinado a favor de los últimos gracias a un argumento que puede rastrearse, según Recanati, en la obra de Grice y que hace uso del Principio de la Navaja de Occam Modificada (veáse también Recanati 2003a: p. 154 y ss). Pero de este principio sólo no se sigue el anticontextualismo. Por eso Recanati identifica una premisa implícita en la teoría del significado de Grice, el Principio del Paralelismo, cuya aceptación hace al argumento anticontextualista falaz por petición de principio.


Hay varios puntos en la estrategia de Recanati en los que merece la pena detenerse. El primero de ellos está relacionado con la idea de que Grice comete una falacia. Esto sólo puede mantenerse si se considera que Grice acepta el Principio del Paralelismo para completar el argumento, pero dado que él no lo hizo explícitamente, como reconoce el propio Recanati (1994: p. 163), cabe preguntarse hasta qué punto es achacable dicho principio a Grice. Así, el objetivo que me propongo en este artículo es demostrar que el Principio del Paralelismo no está, ni puede estar, en Grice, que Recanati se ha inventado un enemigo a su medida.

Antes de desarrollar este objetivo presentaré, en la siguiente sección, el debate entre contextualistas y anticontextualistas, así como el argumento anticontextualista tal y como lo presenta Recanati (1994). Sentadas las bases de la discusión, en la sección tercera presentaré la explicación griceana de algunos ejemplos que puede considerarse claramente una explicación contextualista y que no le sería posible hacer si él apoyara el Principio del Paralelismo. En la cuarta sección, mostraré además que el Principio del Paralelismo es incoherente con las tesis centrales de la teoría griceana de la implicatura.

Una vez defendido que Grice no admite el argumento anticontextualista que se le achaca, concluiré que Grice es un contextualista en cierto grado, lo cual hace recomendable la revisión de los términos en los que se plantea el debate entre contextualistas y anticontextualistas.


2. El argumento anticontextualista

2.1. El debate

Lo que hace que una posición contextualista sea distinta de una anticontextualista es que en la primera se atribuye contenido veritativo-funcional (la propiedad de decir algo, de expresar un pensamiento o una proposición) a los actos de habla (proferencias en contextos) [1], mientras que desde la segunda se adscribe contenido veritativo-funcional a las oraciones del lenguaje natural.

No obstante, tanto desde la posición contextualista como anticontextualista se reconoce la distinción entre el significado lingüístico de una oración y el contenido veritativo-funcional que se expresa mediante un uso de ella. Ambas posiciones admiten una serie de fenómenos pragmáticos que intervienen cuando el significado lingüístico involucra variables que sólo pueden ser instanciadas contextualmente.

La diferencia entre el contextualista y el anticontextualista depende de que el primero admite que las oraciones son especialmente sensibles al contexto y, por ello, necesitan irreductiblemente del contexto para que puedan expresar un contenido, mientras que para los anticontextualistas la sensibilidad al contexto de las oraciones puede salvarse mediante la propuesta siguiente:

Para cada enunciado que pueda hacerse con una oración sensible al contexto en un contexto dado, hay una oración eterna que puede usarse para hacer el mismo enunciado en cualquier contexto (Recanati, 1994: p. 160).

Una oración sensible al contexto se convierte en una oración eterna si se sustituyen en ella los constituyentes deícticos por constituyentes que no lo sean y que tengan el mismo valor semántico.

Lo que niega el contextualista es que cada proposición expresada por una oración sensible al contexto pueda ser expresada por una oración eterna. Y da cinco razones como prueba de esto. La primera consiste en reconocer que no puede haber referencia sin contexto: todos los términos singulares (deícticos, nombres propios y descripciones definidas) son referencialmente contexto-dependientes. La segunda depende de la textura abierta de la mayoría de los conceptos empíricos, de modo que la predicación elimina su indeterminación semántica contextualmente [2]. La tercera tiene que ver con la dependencia contextual de la cuantificación. La cuarta hace referencia a la idea de que no siempre hablamos de un modo preciso. Por último, el tiempo verbal funciona como un deíctico. No obstante, el contextualista reconoce que estas razones generan controversia y el anticontextualista las desafía proponiendo cómo salvar la situación que impediría formular la oración eterna en cuestión [3]. La controversia en este terreno está servida [4].

Si de hecho el anticontextualismo hoy día parece más atractivo, debe ser por otras razones. En concreto, según Recanati, el ataque griceano al contextualismo es la causa de esa valoración positiva. Recanati (1994: p. 160-61) pretende mostrar que ese ataque depende de un argumento que es o bien falaz (cae en petición de principio) o bien insuficiente para desechar la postura contextualista.

2.2 La estrategia recanatiana: la falacia del argumento anticontextualista

El esquema general de la argumentación de Recanati, una vez descrito el debate y los términos en los que se produce, se puede resumir en los siguientes pasos. En primer lugar, presentar el argumento de Grice compuesto por dos premisas y la conclusión. La primera premisa es el llamado Principio del Paralelismo (a partir de ahora, por comodidad que no por afinidad política, lo denominaré PP) que nos dice:

François

François Recanati

Si una oración (sintácticamente completa) puede ser usada en contextos diferentes para decir cosas diferentes (para expresar diferentes proposiciones), la explicación para esta variación contextual del contenido es que la oración tiene diferentes significados lingüísticos -es semánticamente ambigua. (Recanati 1994: p. 161).

La segunda premisa es un principio regulativo, el principio denominado “la Navaja de Occam Modificada” (a partir de ahora, NOM) que se especifica como:

Los sentidos (significados lingüísticos) no deben multiplicarse sin necesidad. (Recanati 1994: p. 161).

La conclusión es que cualquier variación contextual de significado que pueda explicarse recurriendo a implicaturas no-convencionales, debe explicarse así.

Éste es el caso, por ejemplo, de las proferencias que incluyen la partícula “o” como (1).

(1) [A y B entran en casa y A emite:] Mamá está en el dormitorio o en la cocina.

Se podría pensar que la contribución de “o” a lo que se dice con (1) consta de dos partes. La primera es aquella que coincide con el significado que le atribuimos a su contrapartida lógica “v”, mientras que la segunda apunta a que hay alguna razón no veritativo-funcional para aceptar que el hablante no sabe en cuál de los dos lugares mencionados está su madre. Normalmente, cuando se usa una oración disyuntiva, se significa de alguna manera que el hablante no sabe cuál de los disyuntos es verdadero. Ahora bien, si se considera (1').

(1') [A, B y C juegan al escondite y B tiene que encontrar a C. Tras un tiempo considerable B requiere una pista y A emite:] Mamá está en el dormitorio o en la cocina.

Esto es, si se considera la oración proferida en (1) en un contexto distinto en el que el hablante sepa perfectamente dónde está su madre, nos encontramos que sería inapropiado decir que parte de la contribución a lo que se dice al usar “o” es el desconocimiento por parte del hablante de la localización exacta de su madre. El desconocimiento por parte del hablante de cuál de los dos disyuntos es verdadero no puede formar parte del contenido convencional de “o” porque si no (1') sería una proferencia inapropiada. Grice considera que “o” conlleva una implicatura conversacional generalizada, a saber, que el hablante no sabe cuál de los disyuntos es verdadero, que en ciertos contextos puede cancelarse. Así, la variación contextual del significado del hablante expresado por (1) y (1') puede explicarse recurriendo a implicaturas conversacionales generalizadas, un tipo de proposiciones implícitas. Aunque con las proferencias (1) y (1') el hablante dice lo mismo e implicatura de un modo generalizado conversacionalmente lo mismo en tanto la implicatura es indesligable de lo dicho, hay contextos, como el señalado en (1'), en los que se puede cancelar la información implicaturada sin que la proferencia sea ininteligible. La variación contextual del significado de estos dos ejemplos no radica en que la oración sea semánticamente ambigua porque puede explicarse recurriendo a implicaturas no-convencionales.

En los casos en los que con una misma oración se puedan expresar proposiciones distintas en distintos contextos y las diferencias entre ellas no sean explicables apelando a proposiciones implícitas, entonces la oración es semánticamente ambigua. El anticontextualismo es la posición a mantener.

Una vez delineada de esta manera la postura griceana, Recanati puede demostrar que el argumento es falaz ya que la primera premisa, el PP, supone lo que se quiere demostrar, a saber, que el contextualismo es inadecuado. Lo que rechaza un contextualista es justo el PP y su aceptación de primeras cae en petición de principio.

Pero si se elimina el PP de la argumentación griceana, señala Recanati, entonces no se puede concluir que toda variación contextual que pueda explicarse recurriendo a implicaturas no-convencionales, deba explicarse así porque el NOM, si no se añade al PP, permite explicar las variaciones contextuales apelando a procesos de interpretación pragmáticos que afectan al ámbito del decir.

De esta manera, si consideramos (2) y (2')

(2) [Una madre y su hijo están comprando en un supermercado. Al pasar junto al mostrador de la carnicería, la madre le señala un filete al niño y emite:] Este filete está crudo.

(2') [A está comiendo en un restaurante, llama al camarero y le comenta:] Este filete está crudo, tenemos que con (2) el hablante quiere significar que el filete en cuestión no se ha cocinado, mientras que en (2') lo que se señala aproximadamente es que el filete no se ha cocinado suficientemente. Esta diferencia de significado puede explicarse apelando, como en el caso de (1) y (1'), a implicaturas no-convencionales. Con (2) y (2') se diría lo mismo, que el filete no se ha cocinado, pero en (2') se produciría una implicatura no-convencional que nos indica que el filete no está suficientemente cocinado. Así, al rechazar el PP, hay disponible una explicación diferente a la que hace uso de la ambigüedad semántica y a la que recurre a las implicaturas. Así, se puede argumentar que la diferencia en lo que se dice con (2) y (2') se debe a que en (2') tenemos un uso vago de “crudo” en donde se elimina la información relativa a la propiedad de no estar cocinado, información que el contexto hace no relevante, mientras que se mantiene la información relativa a que algo crudo es incomible (Carston, 1996, 2002). Esta explicación postula que hay ambigüedad pragmática en el ámbito de lo dicho en contra de lo que afirma el PP, esto es, que la oración es semánticamente ambigua.

Una vez rechazado el PP, Recanati concluye que el debate entre contextualistas y anticontextualistas sigue abierto pues el NOM no tiene fuerza suficiente por sí solo para discriminar entre ambas alternativas [5].

3. Contraejemplos al PP en la teoría de Grice

Según el PP, si en contextos diferentes una misma oración fija condiciones de verdad o proposiciones distintas, la explicación correcta de esta variación proposicional es que la oración es ambigua. Dicho de otro modo, la única contribución del contexto es la de permitirnos escoger una determinada proposición del conjunto cerrado de las posibles proposiciones fijadas por esa oración; el contexto no juega ningún papel en la elaboración de la proposición expresada.

Por tanto, si en la obra de Grice se encuentran oraciones no ambiguas que proferidas en contextos distintos expresen proposiciones distintas, entonces se habrán encontrado en Grice casos que irían contra la propuesta que Recanati le atribuye: el PP.

A mi juicio, este tipo de contraejemplos aparecen en “Further Notes on Logic and Conversation”, cuando Grice analiza el uso “vago” de las palabras en diferentes contextos del discurso cotidiano [6]. El uso normal y el uso vago de una misma oración generan proposiciones distintas y las variaciones entre ellas no pueden explicarse, según Grice, como le ocurre a las variaciones proposicionales que en distintos contextos puede provocar una misma oración disyuntiva, apelando a implicaturas no-convencionales (recuérdese los ejemplos (1) y (1')).

Con respecto al uso vago en contextos cotidianos, Grice (1978/1989: p. 44) nos pide que nos imaginemos una proferencia como (3).

(3) [Dos individuos están considerando comprar una corbata de la que ambos saben que es medio verde. Miran la corbata bajo diferentes luces y del mismo objeto, A profiere:] Ahora es verde claro y bajo esta luz tiene un toque de azul.

Con (3), señala Grice, A dice lo mismo que si considerásemos lo que dijo en (4).

(4) [Dos individuos están considerando comprar una corbata de la que ambos saben que es medio verde. Miran la corbata bajo diferentes luces y del mismo objeto, A profiere:] Ahora parece verde claro y bajo esta luz parece tener un toque de azul.

A pesar de que si atendemos al significado de la expresión proferida en (3), éste indicaría que hay un cambio real del color de la corbata cosa que no ocurre en (4). Si Grice puede mantener que las proferencias (3) y (4) expresan la misma proposición sin tener que señalar que con (3) no se afirma que haya un cambio de color real en la corbata es porque, en este caso, el contexto de la proferencia, el que los participantes sepan mutuamente que no se trata del color real de la corbata, permite el uso vago de las expresiones en cuestión. La parte del significado de (3) que sería diferente al de (4) se cancela, aunque la cancelabilidad en este caso no es una marca de la aparición de una implicatura no-convencional, entre otras cosas porque el contenido proposicional eliminado en (3) depende del significado convencional de las palabras [7].

Lo que todavía falta por mostrar es si la oración incluida en (3) puede fijar condiciones de verdad distintas en otro contexto. Consideremos (3'):

(3') [Dos individuos están considerando comprar ilegalmente un camaleón de los que el dueño de la pajarería tiene escondidos en la trastienda. A uno de ellos, el más grande, lo exponen a distintas luces y A profiere:] Ahora es verde claro y bajo esta luz tiene un toque de azul.

En este caso no se cancela el contenido cancelado en (3), a saber, que hay un cambio real de color. (3) y (3') incluyen la misma oración proferida en contextos distintos y expresan distintas proposiciones, independientemente de que en las proposiciones se hablen de objetos diferentes, sin que por ello Grice reconozca que la oración es ambigua. Lo que acepta Grice es un uso vago de la expresión oracional en (3) reconocible porque se le podría exigir a A que hablara más estrictamente. Con (3) y con (3') se dice algo diferente y la diferencia no se debe a que la oración sea ambigua. ¿Cuál es la motivación para considerar una explicación del comportamiento de (3) como la que he considerado? Parece que la única respuesta griceana disponible es que si no queremos que los hablantes digan algo que creen que es falso, debemos suponer que han hecho un uso vago de la oración incluida en (3). De hecho podrían haber hablado más estrictamente como ocurre con (4). Aparece una vez más una noción favorecida del decir en los textos de Grice [8].

En esta exposición se rechaza la posibilidad de cualquier explicación del uso vago de las expresiones tanto en términos de ambigüedad semántica de la oración, como en términos de implicaturas no-convencionales, mientras que se acepta que en esos usos la única explicación coherente es aquella que apuesta por una variación contextual del contenido proposicional. Este tipo de usos, relacionados con algunos de los estándares de precisión de los términos, nos muestran como Grice no encaja en la categoría de anticontextualista tal y como se traza en el artículo de Recanati.

Otro tipo de ejemplos usados por Grice que constituyen un fenómeno lingüístico similar al anterior es el que hace referencia a palabras concretas como “ver”. “Ver” admite usos vagos cuya explicación contextual debe hacerse al estilo del ejemplo anterior. Así, Grice nos dice que si consideramos la proferencia (5).

(5) [Dos individuos están conversando acerca de lo que le ocurre a Macbeth, el personaje de la tan conocida obra de Shakespeare del mismo nombre, en sus momentos de alucinaciones y A le recuerda a B:] Macbeth vio a Banquo.

Lo que A le dice a B no incluye la existencia del objeto que vio Macbeth porque en la fase en la que éste alucinaba Banquo estaba muerto, aunque la existencia del objeto visto es parte del significado convencional de “ver”. El contexto cancela ese contenido proposicional. Pero esto no justifica, según Grice (1978/1989: p. 44), la defensa de que haya un sentido de la palabra “ver” que no incluye la exigencia de que el objeto visto exista. “Ver” significa lo que significa convencionalmente y hay usos vagos de este término que no incluyen en lo que se dice todo su significado convencional. Lo que traducido al problema que nos ocupa es mantener que la palabra “ver” en distintos contextos puede determinar un valor semántico distinto sin que esto suponga que “ver” sea un término ambiguo. De hecho en un contexto diferente como el señalado entre corchetes en (5').

(5') [Dos individuos están conversando acerca de lo que le ocurre a Macbeth, el personaje de la tan conocida obra de Shakespeare del mismo nombre, al principio de la película que representa esta obra y A le recuerda a B:] Macbeth vio a Banquo.

Lo que A le dice a B incluye la existencia del objeto que vio Macbeth porque al principio de la obra Banquo no estaba muerto y por el significado convencional de “ver”, ésta es información dicha al no haber sido cancelada.

De nuevo, la motivación para considerar que lo dicho con (5) incluye menos que lo que las palabras convencionalmente significan apela a la idea de que si no queremos que los hablantes digan algo que creen que es falso, debemos suponer que han hecho un uso vago de la palabra “ver” en (5). El contexto nos permite usar la expresión de una manera relajada y no como se usa normalmente.

Las situaciones analizadas tienen en común que el interlocutor puede impelernos a hablar más estrictamente. Pero esto es algo puntual y no hace que la cancelación contextual de parte del significado convencional de la oración sea inadmisible como le ocurriría a las proposiciones implicaturadas convencionalmente. Pero entonces, ¿por qué no explica Grice de este modo las implicaturas conversacionales generalizadas que expresiones como “o” conllevan? ¿Por qué no explica así las diferencias entre (1) y (1')? Porque en estos casos lo cancelado es indesligable de lo que se dice. No se puede expresar un contenido proposicional disyuntivo sin hacer la implicatura en cuestión. Para no incluirla en el significado del hablante siempre tengo que cancelarla, mientras que sí puedo decir exactamente lo que digo con (3), por ejemplo con
(4), sin tener que cancelar nada. Esto es, los usos vagos cancelan contenido proposicional desligable de lo que se dice mientras que las implicaturas conversacionales son indesligables: no se puede decir lo mismo sin que se haga la implicatura [9].

Para que el uso vago del lenguaje no sea un contraejemplo al PP, tendríamos que admitir que se trata de un caso bien conocido relacionado con la deixis. Cuando la oración incluye una expresión deíctica, expresa proposiciones diferentes en contextos diferentes sin ser semánticamente ambigua. Ésta es la única excepción al PP que admite un anticontextualista. Pero para el anticontextualista las expresiones deícticas son una clase finita de expresiones bien conocidas: pronombres personales, demostrativos, tiempo verbal, adverbios que indican localización en el espacio y el tiempo, predicados como “dar”, etc. No parece que entre las expresiones deícticas esté el uso vago, que en principio podría afectar a casi cualquier expresión, lo que le llevaría al anticontextualista a sostener que si no puede explicarlo como una implicatura, entonces es porque la oración es ambigua. Esto es justo lo que niega Grice y por lo que no se debe atribuir a Grice la defensa del PP [10].

Se podría pensar que el fenómeno descrito por Grice con los ejemplos (3) y (5) es paralelo al que los contextualistas denominan “indeterminación semántica”. Éste es uno de los fenómenos más esgrimido de la mano de los contextualistas a favor de una dependencia contextual del significado de todas, o casi todas, las expresiones que forman parte de nuestras proferencias y que no pueden subsumirse bajo la etiqueta de “casos bien conocidos y especificables”. La indeterminación semántica nos dice que el valor semántico de las expresiones varía de proferencia en proferencia al igual que ocurre con el valor semántico de los deícticos, aunque en el caso de la indeterminación semántica esta variación no se produce como una función de alguna característica objetiva del contexto estrecho, (contexto que incluye información del tiempo, el lugar y el hablante de la proferencia en cuestión), sino en función de lo que el hablante significa (Recanati, 2003: p. 56-58). De esta manera, las expresiones no tendrán un significado fijo, sino un potencial semántico que necesita del contexto para poder contribuir al significado de la proferencia. Sin embargo, encuadrar los usos vagos que hemos visto bajo este fenómeno no parece totalmente adecuado [11].

No obstante, Grice habla en algunos lugares del fenómeno de la vaguedad de las expresiones del lenguaje natural en términos que pueden ponerse en correspondencia con la indeterminación semántica. Veamos cómo se delinea la idea de vaguedad en uno de esos lugares.

Una de las críticas a las que se enfrentaron los filósofos oxonianos del lenguaje ordinario era que las expresiones en el lenguaje natural eran demasiado vagas como para poder constituir un punto de partida para el análisis filosófico. Por “vago” en este argumento se quería decir que hay casos en los que uno no sabe si puede aplicar una expresión particular correctamente, y que este desconocimiento no se debe a ignorar los hechos pertinentes. Esto es, la aplicabilidad de algunas expresiones es una cuestión indecidible, una cuestión que no está legislada lingüísticamente. Grice (1989: p. 177-178), al enfrentarse a esta crítica, admite esos casos en los que no se puede especificar completamente la aplicabilidad de la expresión aunque no ve en ellos ninguna traba para el proyecto de los filósofos del lenguaje natural. En efecto, para Grice este fenómeno no nos impide usar las expresiones que lo sufren en situaciones que en principio eran lingüísticamente indecidibles ya que en cada uso particular de tales expresiones los hablantes competentes sabrán, y no por factores lingüísticos porque si no serían decidibles, si ese uso es correcto y significativo. Lo único que nos impide la vaguedad del lenguaje natural es dar un conjunto de condiciones cuyo cumplimiento sea suficiente para la aplicación de una expresión, pero esto no impide que demos una caracterización abierta que incluya las situaciones donde es decidible la pertinencia del uso de la expresión y las situaciones donde no es decidible tal pertinencia, esto es, podemos dar una caracterización que no fije completamente el significado de una expresión sino que nos dé su potencial semántico. Sería una expresión con indeterminación semántica, un tipo de expresión.
Esta explicación de ciertas expresiones vagas junto a la de los usos vagos de expresiones constituye una prueba de que Grice no puede admitir el PP como una premisa fundamental de su teoría del significado ya que ni el que se digan cosas diferentes al usar una oración con una expresión vaga en contextos distintos ni el que se digan cosas diferentes al usar o no vagamente una expresión en una oración en contextos distintos se explica postulando la ambigüedad semántica de la oración.

4. Incoherencia teórica del PP con la teoría de las implicaturas

En el apartado anterior he demostrado que Grice no puede presuponer el PP ya que acepta casos que niegan explícitamente el principio en cuestión. En este apartado intentaré una estrategia distinta pero con el mismo resultado, esto es, demostrar que el PP es inconsistente dentro del marco teórico propuesto por Grice.

Recordemos rápidamente la argumentación de Recanati en “Contextualism and Anti-contextualism”. Allí se nos dice que hay un argumento a favor del anticontextualista que, aunque Grice no lo use de forma expresa, subyace a su teoría. En concreto, lo que el argumento afirma es que hay dos maneras de dar cuenta de una variación del contenido proposicional expresado por una misma oración en diferentes contextos, una semántica y otra pragmática [12]. La explicación semántica es la que recurre a la ambigüedad de la oración o de alguno de sus constituyentes y es la razón por la que Recanati infiere que el PP funciona como presupuesto de la posición griceana.

La explicación pragmática es aquella que utiliza implicaturas conversacionales y que, por aplicación del principio metodológico del NOM, es preferible a la explicación semántica.

Dado este marco general, lo que pretendo en este apartado es ver hasta qué punto se puede postular la necesidad del PP en la teoría de Grice sin que esto suponga excesiva violencia contra la propia teoría. Para ello empezaré identificando algunas piezas clave de la posición griceana:

P1: El significado total está compuesto por aquello que pertenece a la fuerza convencional de las palabras y por lo que no pertenece a la fuerza convencional. (Grice 1978/1989: p. 41).

P2: Los significados lingüísticos pertenecen a la fuerza convencional de las palabras. (Grice 1987/1989: p. 361).

P3: Las implicaturas conversacionales generalizadas no pertenecen a la fuerza convencional (Grice 1975/1989: p. 39).

A continuación criticaré la estrategia que Recanati identifica en Grice basándome en una lectura un tanto simplista de la misma, con el único objetivo de iluminar la crítica real que realizaré posteriormente. Analicemos el caso de (6) y (6').

(6) [Víctor llama a casa de su amigo Juan para ver qué está haciendo, a lo que la empleada de 
 hogar le contesta:] Juan tiene una cita con una mujer esta tarde.

(6') [Juan y María van a celebrar sus bodas de plata. Juan ha decidido sorprender a su mujer vistiendo sus mejores galas e incluso se perfuma. Ante tal comportamiento, un hijo de la pareja le dice a su hermano:] Juan tiene una cita con una mujer esta tarde [13].

La diferencia entre (6) y (6') está en que en (6) la mujer de la que se habla no mantiene una relación estrecha con Juan, (no es, por ejemplo, ni su mujer ni su hermana), mientras que en (6') la mujer involucrada es la esposa de Juan, María. Según el PP, la diferencia se debe a una ambigüedad semántica, tanto el que la mujer no mantenga una relación estrecha como el que la mantenga con Juan serían significados lingüísticos distintos de la misma oración proferida. Por lo tanto, teniendo en cuenta la segunda de las afirmaciones que se han identificado como pertenecientes a la teoría de Grice, P2, esos significados son parte de la fuerza convencional de las palabras, en este caso de “una”.

El siguiente movimiento en la estrategia sería decir que podemos explicar la variación de significado de la oración utilizando implicaturas conversacionales. Así, podemos decir que el significado lingüístico de la oración es que Juan ha quedado con una mujer con la que mantiene algún tipo de relación, dándose una implicatura conversacional generalizada en (6) y (6') que nos indica que dicha relación no es estrecha porque en caso contrario el hablante podría haberlo especificado usando, por ejemplo, la expresión “su mujer”. La diferencia está en que en (6') se cancela contextualmente la implicatura conversacional generalizada que indicaba que la relación no es estrecha. El problema surge cuando se tiene en cuenta que la teoría del significado en la que nos encontramos nos dice que las implicaturas conversacionales no pertenecen a la fuerza convencional de las palabras, P3. De esta manera, al tener disponibles las dos explicaciones, la pragmática y la semántica, nos encontramos que un mismo elemento del contenido de la proferencia, el que la relación que mantiene Juan con la mujer sea estrecha, pertenece a la fuerza convencional de las palabras y, a la vez, no pertenece a la fuerza convencional de las palabras.

Una forma de evitar la paradoja a la que nos lleva la lectura simplista del argumento consiste en decir que ésta se construye apelando a que ambas posibilidades sean reales, esto es, en mantener que el argumento sólo necesita que exista la posibilidad de las dos explicaciones sin que tengan que darse a la vez. El problema al que se enfrentaría Recanati en este caso es que entonces el NOM, que nos obligaba a postular el PP, es innecesario como demostraré a continuación.

La idea general está en que ambas posibilidades son, por las mismas razones de inconsistencia que hemos visto, mutuamente excluyentes.

Imaginemos que la diferencia de contenido proposicional de los ejemplos dados podemos explicarla diciendo que hay una implicatura conversacional generalizada en (6) y en (6') que sólo se cancela contextualmente en (6'). El contenido implicaturado conversacionalmente de manera generalizada depende de la expresión “una” y de aquello que la acompaña y se especifica señalando que el tipo de relación que mantiene Juan con la mujer no es estrecha. Para estar seguros de que es un contenido implicaturado de manera generalizada, éste ha de
poseer ciertas características propias de las implicaturas conversacionales, en concreto, ha de poder ser explícitamente cancelable [14]. Así, (7):

(7) [Víctor llama a casa de su amigo Juan para ver qué está haciendo, a lo que la empleada de hogar le contesta:] Juan tiene una cita con una mujer esta tarde. Creo que tú la conoces, es su esposa.

Muestra la posibilidad de poder cancelar explícitamente en el mismo contexto de (6) parte del contenido que se expresara con (6) sin hacer que la proferencia sea ininteligible. Esto sugiere que no debemos explicar las diferencias entre (6) y (7) postulando que la oración sea semánticamente ambigua, ya que uno de los rasgos que nos ayudan a delimitar el contenido proposicional que depende de la fuerza convencional de las palabras es su no-cancelabilidad. Sin embargo, como hemos visto en el apartado anterior, hay ocasiones en las que el contexto nos permite cancelar cierto contenido convencional sin caer en contradicción y con objeto de salvaguardar la racionalidad del hablante o para que el hablante no diga algo que cree que es falso. Recuérdense los ejemplos (3) y (5) y cómo la explicación que allí se ofrecía no hace uso de implicaturas conversacionales como mostraba el hecho de que el contenido cancelado era desligable (vid. más arriba). De este modo, si en los ejemplos (6) y (7) hay involucrada una implicatura no convencional, esta ha de ser indesligable.

No hay un único test para delimitar lo que pertenece a las implicaturas conversacionales, a las implicaturas convencionales y a lo que se dice, sino que lo que tenemos es una serie de tests o rasgos cuya confluencia nos permite distinguir entre los diversos ámbitos del significado del hablante. En concreto, una implicatura conversacional ha de ser, además de cancelable, indesligable en el sentido de que no se puede decir lo mismo en un mismo contexto sin producir la implicatura en cuestión siempre y cuando ésta no dependa de la máxima de modo (Grice, 1978/1989: p. 43). En el caso que nos ocupa el que la relación no sea estrecha es indesligable de lo que se dice en tanto diga como diga la empleada del hogar que Juan tiene una cita esta tarde en ese contexto se producirá la implicatura en cuestión: que la relación entre él y la mujer no es estrecha. El rasgo de la indesligabilidad al conjugarse con la cancelabilidad indica que el contenido cancelado no pertenece al significado convencional de las palabras.

Lo que tenemos, por tanto, son dos ámbitos diferentes y excluyentes en la noción de significado del hablante. El que tengamos disponible una explicación en términos de ambigüedad semántica o en términos de implicaturas conversacionales es una cuestión empírica que se comprueba mediante el test de la cancelabilidad y el test de la indesligabilidad. Si mantenemos el PP, en los casos en los que se aplique el PP no podremos hablar de implicaturas conversacionales y, por el contrario, si tenemos un contenido implicaturado conversacionalmente, entonces no podemos hablar de ambigüedad semántica para ese contenido. Sin embargo, la doble dirección no es real pues este principio se aplica en todos los casos en los que una misma oración se usa en diferentes contextos para decir cosas diferentes, con lo cual la alternativa de las implicaturas simplemente desaparece. Si evitamos la incoherencia en Grice, el NOM se vuelve innecesario porque no hay alternativas reales entre las que usar un principio metodológico como éste. Esto supone que Grice no debía entender que el NOM, como señala Recanati, exige postular un principio, el PP, cuya aplicación deja sin alcance al NOM.

Hasta ahora he demostrado que Grice no puede mantener el PP sin ser incoherente con su teoría de las implicaturas. Esto no supone una refutación a la propuesta recanatiana de que haya un argumento en apoyo  el anticontextualismo falaz o insuficiente que hace uso del NOM y el PP. Lo que he demostrado es que dicho argumento no está en Grice aunque nada se ha dicho sobre aquellos griceanos que lo hayan usado explícitamente. Es más, con este apartado se refuerza la tesis de Recanati en el sentido de que cualquier griceano que mantenga, al menos, P1, P2 y P3 y que utilice un argumento basado en el PP a favor del anticontextualismo, que no es el caso del propio Grice como se ha visto, cometería no sólo una falacia sino que, además, su teoría sería incoherente.

5. Anticontextualismo, contextualismo y minimismo

Según Recanati (1994), hay tres posibilidades para explicar los ejemplos en los que con una misma oración se puede decir o expresar diferentes cosas dependiendo del contexto en el que se produzca la proferencia. Éstas son:

Considerar que la diferencia en contenido se debe a que la oración es semánticamente ambigua. Considerar que la diferencia en contenido en lo dicho por las proferencias, depende del contexto. Postular que la diferencia en contenido se debe a una implicatura conversacional que se da en unos contextos pero no en otros.

De éstas tres posibilidades disponibles, señala Recanati, el NOM sólo tiene fuerza para desestimar la primera (Recanati, 1994: p. 165). Por lo tanto, si el NOM sólo nos permite evitar la opción i., entonces tanto la opción ii. como la iii. están disponibles. Tener la opción ii. permite explicaciones contextualistas de las ambigüedades por lo que el debate entre contextualistas y anticontextualistas sigue abierto. Podemos no aumentar los significados lingüísticos si postulamos o bien la ambigüedad en lo dicho o bien en lo implicaturado.

Esto le lleva a Recanati a revindicar lo que considera un contextualismo débil, que él denomina “metodológico”, como futura vía para dilucidar el debate. Este contextualismo metodológico nos dice que debemos de diferenciar, por un lado, entre el significado lingüístico de una oración y lo que dice un hablante al producir una proferencia que incluya a dicha oración y, por otro lado, entre el significado lingüístico de una expresión contenida en una oración y la contribución que la expresión hace a la proposición que expresa esa oración cuando es proferida (1994: p. 166).

En los dos apartados anteriores he demostrado que Grice debe de rechazar el PP por lo que una explicación contextualista, la opción ii., debe estar, al menos en principio, disponible. Para seguir manteniendo que Grice es un anticontextualista deberíamos encontrar alguna otra razón por la que se justifique la eliminación de la alternativa contextualista por parte de Grice.

Sin embargo, parte del rechazo griceano al PP, como he argumentado en la tercera sección, se debe a que Grice explica ciertos fenómenos lingüísticos, el uso vago y la vaguedad, de manera abiertamente contextualista. Por tanto, aparte de no tener un argumento falaz en contra del contextualismo, Grice no tiene ningún reparo en abrazar ciertas explicaciones contextualistas, esto es, en mantener que hay diferencias de contenido en lo dicho que dependen del contexto. Grice no es anticontextualista.

La importancia de demostrar que Grice es un contextualista en cierto grado no radica únicamente en interpretar coherentemente a este autor, sino en que ello nos plantea la necesidad de revisar los términos en los que se produce el debate entre contextualistas y anticontextualistas.

Por ejemplo, el minimismo, la postura según la cual la diferencia entre lo que significa lingüísticamente una oración y lo que se dice con ella cuando la proferimos es mínima, suele considerarse el paradigma de anticontextualismo (vid. Carston (2002) y Recanati (2003b)). Sin embargo, está ampliamente aceptado, y parece estar fuera de toda duda, que Grice es un minimista con respecto a lo que se dice. Esta adscripción de Grice al minimismo parece estar fuera de toda duda si se tiene en cuenta que su teoría del significado, trazada como alternativa a las propuestas de su época (como, por ejemplo, a la de Strawson), se fundamenta en la idea, de corte minimista, de que hay una noción central, una significación primaria, en contraste con los significados secundarios que derivan de ella (Grice, 1989: p. 358). Por lo tanto, si queremos seguir manteniendo que Grice es un minimista debemos de plantearnos si hay algún tipo de minimismo en Grice, diferente a los identificados en la bibliografía, que sea compatible con el contextualismo que se ha señalado y si dicho minimismo es susceptible de las críticas que sus contrapartidas anticontextualistas han recibido.

La explicación que ofrece Grice de los ejemplos que vimos en la tercera sección nos sugiere los términos en los que debemos de replantear el minimismo para que sea una posición contextualista. En dicha explicación vemos que la motivación que permite una variación contextual de lo dicho en las preferencias en cuestión es mantener el supuesto de que los hablantes sean racionales, al menos en el sentido de que no digan aquello que creen que es falso. De esta manera, un minimismo respetuoso con el contextualismo podrá trazarse atendiendo no sólo a meros factores lingüísticos, como hacen los minimismos actualmente demarcados, sino a factores que tengan en cuentan que todos los niveles del significado del hablante son parte de una conducta racional y cooperativa. Este tema, sin embargo, escapa a los límites y pretensiones de este artículo.

6. Conclusión

Al considerar que Grice no mantiene el argumento anticontextualista que Recanati le endosa, nos encontramos con que Grice es un contextualista. Para demostrarlo he utilizado dos vías, una directa y otra indirecta. La vía directa consistía en sacar a colación una serie de casos que Grice analizaba en términos claramente contextualistas. Así, en los usos vagos de ciertas expresiones era el contexto el que nos permitía cancelar parte de la información lingüísticamente dada por la oración y, por otro lado, Grice reconoce que algunas expresiones no expresan un contenido independientemente del contexto. La segunda vía, la indirecta, pasaba por demostrar que los supuestos necesarios para que Grice fuera un anticontextualista, y apoyara el argumento contra el contextualismo cuyas premisas son el NOM y el PP, son incompatibles con su teoría del significado, en particular, con aquellos aspectos del significado que caracterizan a las implicaturas no-convencionales.

Hacer coherente esta lectura de Grice nos obliga a reconsiderar el panorama actual en la determinación de lo que se dice, planteándonos de qué manera se puede ser un contextualista sin necesidad de abandonar una postura minimista. El debate entre contextualistas y anticontextualistas no sólo está abierto, sino que parece ser más amplio de lo que actualmente se considera.


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Supplementary Volume, vol. 35: 133-53.

9.    Grice, P.: 1969, “Utterer's Meaning and Intentions”, The Philosophical Review, vol. 78: 147-77 (Cap. 5 de Grice, P.: 1989).

10.  Grice, P.: 1975, “Logic and Conversation” en Davidson, D. y Harman, G. (eds) The Logic of Grammar, Encino, Dickenson, pp. 64-75 (Cap. 2 de Grice, P.: 1989).

11.  Grice, P.: 1978, “Further Notes on Logic and Conversation” en Cole, P. (ed.), Syntax and Semantics: Pragmatics, vol. 9: 113-27, New York, Academic Press (Cap. 3 de Grice, P.: 1989).

12.  Grice, P.: 1987, “Retrospective epilogue” en Grice, P.: 1989, Studies in the Way of Words, Cambridge, Harvard University Press, pp: 339-386.

13.  Grice, P.: 1989, Studies in the Way of Words, Cambridge, Harvard University Press.

14.  Recanati, F.: 1987, “Contextual Dependence and Definite Descriptions”, Proceedings of the Aristotelian Society 87:57-73.

15.  Recanati, F.: 1993, Direct Reference. From Language to Thought. Basil Blackwell. Oxford.

16.  Recanati, F.: 1994, “Contextualism and anti-contextualism in the philosophy of language” En Tsohatzidis, S. (ed.) Foundations of Speech Act Theory, 156-66. London and New York: Routledge.

17.  Recanati, F.: 2003a, Literal Meaning. The very idea. Cambridge: Cambridge University Press.

18.  Recanati, F.: 2003b, “Literalism and Contextualism: Some Varieties” en Gerhard Preyer, Ed. Contextualism. Oxford University Press.

19.  Searle, J.: 1978, “Literal Meaning”, Erkenntnis, 13 : 207-24.

20.  Searle, J.: 1980, “The Background of Meaning” en Searle, John, Kiefer, Ferenc, and Bierwisch, Manfred (eds.), Speech Act Theory and Pragmatics (Dordrecht : Reidel), 221-32.

21.  Travis, C.: 1985, “On What is Strictly Speaking True”, Canadian Journal of Philosophy 15:187 229.

22.  Travis, C.: 1989, The Uses of Sense, Oxford: Clarendon Press.

23.  Waismann, F.: 1951, “Verifiability”, en A. Flew (ed.), Logic and Language, 1st series, Oxford: Basil Blackwell, 17-44. 

Notas a “El contextualismo y P. Grice”

[1] Si los actos de habla son proferencias en contexto, entonces la propuesta de Grice del significado del hablante como un significado de las proferencias-tipo estaría relacionada con proferencias sin considerar el contexto, lo cual efectivamente le haría pasar por un anticontextualista. Pero, ¿cuál es la noción de proferencia de Grice? En (Grice 1969/1989: 92) se entiende por “proferencia” cualquier acto o realización que tenga o pudiera tener significado no natural. Por lo tanto, la noción de proferencia en Grice ya incluye al contexto y equivaldría a la noción de “proferencia en contexto” usada por Recanati (1994).

[2] Estas dos razones dejarían la posibilidad todavía de oraciones eternas: aquellas que no incluyeran ni términos singulares ni conceptos empíricos. Ejemplo: “Algunos triángulos son equiláteros”. Para que esta oración no sea eterna uno tiene que defender las otras tres razones (Recanati, 1994:159).

[3] Para las críticas a la existencia de oraciones eternas consultar, entre otras, Waismann (1951), Austin (1971), Searle (1978, 1980), Cohen (1980), Fauconnier (1985), Travis (1985, 1989) y Recanati (1987).

[4] En trabajos posteriores a 1994, Recanati ha ampliado la caracterización de este debate distinguiendo varias posturas en cada uno de los bandos. Este enriquecimiento nos muestra que la diferencia entre contextualistas y anticontextualistas no está tanto en qué es lo que se considera portador primario del contenido como en los tipos de procesos pragmáticos de interpretación que se admiten en la determinación de lo que se dice. De esta manera, los anticontextualismos más moderados, como el minimismo, admiten procesos pragmáticos en la producción de lo que se dice siempre y cuando estén guiados lingüísticamente (procesos denominados obligatorios), mientras que rechazan todos los procesos guiados contextualmente como, entre otros, el enriquecimiento, la vaguedad y la transferencia. La admisión de estos procesos, que se engloban bajo el fenómeno de la modulación, es la característica común a todos los contextualistas (Recanati 2003a, 2003b). No obstante, los términos en los que se produce la confrontación entre ambas posturas no afecta al argumento anticontextualista que Recanati atribuye a Grice.

[5] Esta argumentación es una elaboración de la que estaba contenida en el capítulo trece de Direct reference (Recanati 1993: 236-240).

[6] El uso vago de ciertas expresiones se da cuando utilizamos en un contexto particular una expresión para dar una información menos específica que la que el significado convencional le atribuye. Se trata por lo tanto de una característica que se da en el marco de las proferencias y que no hay que confundir con la vaguedad de significado de ciertos términos, que es una propiedad semántica, pese a que el proceso por el que se determina la contribución de un término semánticamente indeterminado sea pragmático. Tengo la esperanza de que la sutileza de esta distinción se vuelva más nítida a lo largo de esta sección.

[7] Se podría pensar, entonces, que el contenido proposicional eliminado es una implicatura convencional. De hecho, (3) y (4) muestran que se puede decir lo mismo en un mismo contexto sin que siempre se involucre a la implicatura convencional, esto es, este último contenido es desligable; rasgo característico de las implicaturas convencionales a diferencia de las implicaturas no-convencionales que no dependan de la explotación de una máxima de modo. El problema es que Grice (1961) admite que las implicaturas convencionales no son cancelables. Surgen así ejemplos cuyo contenido no dicho es desligable y cancelable, rasgos que no tienen conjuntamente ni las implicaturas convencionales ni las no-convencionales. La opción que quedaría en la propuesta de Grice es que sea una presuposición pero las presuposiciones en Grice son indesligables y no cancelables y además tienen que ser verdaderas para que se pueda decir algo.

[8] Esta noción favorecida del decir ya apareció en relación con la noción de implicatura convencional (Grice 1975).

[9] Carston, (2002: p. 333), mantiene que en Grice no hay una explicación de los usos vagos aunque sí de los usos metafóricos. Por lo tanto, al considerarlos ella el mismo tipo de fenómeno, piensa que Grice explicaría los usos vagos como una implicatura conversacional debida a la trasgresión de la primera máxima de calidad. Como hemos visto, Grice tiene otra explicación de los usos vagos. La alteridad de esa explicación griceana es reconocida por Bach (1994: p. 141) aunque la considera como un indicio de la existencia de implicituras conversacionales. El que los usos vagos tengan rasgos diferentes a los que determinan las implicaturas no-convencionales nos muestra, por un lado, que esos usos no deben equipararse, al menos en Grice, con los usos metafóricos y, por otro lado, que no pueden considerarse implicituras conversacionales ya
que éstas tienen los mismos rasgos que las implicaturas.

[10] Otra forma de hacer compatible esta explicación con el PP sería utilizar una semántica interaccionista y postular que lo que tenemos es otro tipo de ambigüedad semántica que se debe a cómo interactúan los componentes de la oración (Cohen, 1986). Sin embargo, como hemos visto la explicación griceana no apela a factores lingüísticos sino a un contexto más amplio. En concreto, en (3) no se cancela la idea de que haya un cambio de color real porque algún otro componente nos lo indique, sino porque tanto el hablante como el oyente saben que no hay un cambio real. De ser de otra manera, en (3') tendríamos el mismo contenido que en (3), a saber, que el cambio de color es sólo aparente.

[11] Vid. nota 6.

[12] Aunque es en parte la carga teórica de estos conceptos lo que me induce a usarlos en este contexto, no deseo expresar con ellos más de lo que se dice expresamente.

[13] La elección de estos ejemplos, basados en los contenidos en “Logic and Conversation”, puede parecer desafortunada ya que cuando Grice los explica parece utilizar una estrategia como la que estamos intentando demostrar que no puede tener (1975/1989: 37-38). Sin embargo, creo que las escuetas líneas de dicho artículo deben de leerse a la luz de los desarrollos posteriores de la teoría (1978, 1987), en donde se introduce la Navaja de Occam Modificada y se hace más claro por qué no debemos de “confiar” en el filósofo que utilice ciertas explicaciones.
[14] También ha de ser contextualmente cancelable, rasgo que se cumple en (6').

* Una primera versión de este trabajo fue presentada en Granada en el seminario “TeC” el 16 de Octubre del 2003. Agradezco los comentarios y sugerencias de todos los asistentes. Especial mención merece Esther Romero por sus continuas observaciones.

Manuscrito
recibido: 2004.01.28

Versión
final: 2004.08.03

BIBLID [0495-4548 (2004) 19: 51; pp. 339-354]

* CHAVES, José E. Cursa estudios de doctorado en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Granada. Su línea de investigación se centra en la Filosofía del Lenguaje, especialmente la pragmática. En dicha línea ha publicado un artículo titulado “Significado y Comunicación” en Diánoia (Vol. XLVIII, Nº 50: 69-83).

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